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ÁVILA 
23 de sep. 2007
Clasificación: Otros
Información mantenida por: Brandan
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¿Espacio ritual prerromano en La Nava del Barco?

Autores:

María Luisa Savirón Cuartango

Ángel L. Mayoral Castillo

Muchas veces nos hemos referido a las formaciones graníticas de la comarca poniendo el acento en la singularidad de algunas piezas que por su configuración y aspecto llaman la atención.

En la zona del caso concreto que vamos a presentar nos encontramos con  una profusión especial de este tipo de formaciones. En otro poblamiento ya pusimos la imagen de la “Pera”, un bolo con mamelón y acanaladuras, que se encuentra integrado en la población de La Nava, en un espacio que –acertadamente- se ha preservado. Sin embargo, no es la “Pera” -elemento notable, pero no más que otros que se dan con cierta frecuencia en la zona- lo que más llama la atención.

Hay en los alrededores del pueblo otros bloques con formas tanto o más interesantes. De hecho, es el lugar de la comarca –junto con Navalguijo- donde mejor puede observarse una marcada acción sobre los bloques graníticos, otorgándoles una personalidad particular. Hay alguna zona en cuestión donde la cantidad de piletas no es notable, es sobresaliente.

Suele el viajero “bautizar” este tipo de elementos con nombres que sugieren analogías con animales u objetos. No es esta la costumbre del habitante de estas tierras que sabe que, en la mayoría de los casos, la analogía solo surge si se observa el elemento desde un determinado ángulo; lo que lo hace inútil como referencia para la orientación.

En nuestro caso, buscamos otro tipo de analogías que nos conduzcan a la identificación de elementos similares en diferentes lugares, relacionados con recintos de habitación. Ello no impide –no obstante- que en el transcurso de esta búsqueda aparezcan otros que podrían estar relacionados con esta circunstancia, pero que, en principio, sugieren más la posibilidad de una función ritual, siempre entre interrogaciones.

En este caso, la analogía surge como resultado de la relación con una piedra en “umbo", esto es, un elemento acampanado que se repite también con cierta frecuencia y que pudimos observar en la cima de un pequeño cerrillo sobre la población. Al acercarnos, pudimos comprobar que –aún guardando cierta similitud con otros que habíamos podido contemplar algo más abajo- presentaba cierta particularidad: tres oquedades en línea.

En nuestra opinión, guarda cierta similitud –mutatis mutandis- con la cabecera de la peña que hemos subido últimamente al poblamiento de Neila de San Miguel.

Hemos subido un par de imágenes que nos dan una idea de la ubicación general del elemento en su entorno. Luego nos extenderemos algo más sobre este particular.

Procedía pues estudiar la posibilidad de que el “umbo” estuviese ayudando a conformar un conjunto cuya configuración corroborase o negase nuestra sospecha de su utilización cultual. Los resultados que ofrecemos nos animan a suponer que tal conjunto existe realmente y que –salvo mejor opinión- se utilizó muy probablemente con el fin sugerido.

Limitamos un área de búsqueda de un diámetro aproximado de 100 m., suponiendo que tal espacio no debería exceder en principio tales límites, lo que no sería obstáculo para posteriores prospecciones, si el asunto lo merece.

En este área observamos –efectivamente- algunos otros elementos interesantes:

En primer lugar, un bloque exento –casi un monolito- de forma algo cilíndrica, coronado con una pileta.

Este, debemos reconocer, no es un elemento frecuente: si bien es cierto que se observan a menudo bloques graníticos con una sola pileta en la parte superior, la norma es que se trate de bloques más anchos y de menos altura y que las piletas sean de desagüe, esto es, con vertido hacia alguno de los lados; lo que no es obstáculo para que la pileta, como puede apreciarse, termine vertiendo por rebose.

La foto "Canchal circular y monolito desde el "umbo" nos ofrece una idea de la situación del elemento. Puede apreciarse por la perspectiva que se encuentra a un nivel algo más bajo, a la derecha (la orientación siempre sobre las fotos) entre dos elementos en los que habrá por fuerza que entretenerse.

Por supuesto, lo que nos llama inmediatamente la atención es el canchal, cortado por una “senda”, que tiene en su parte izquierda una zona circular; o mejor diríamos: espiral.

Ya mencionábamos en el poblamiento Ulaca–Conjunto Lítico que los canchales casi perfectamente circulares sugieren –en nuestra opinión- la intervención humana. No es extraño que en los alrededores de las poblaciones rurales se observen con cierta frecuencia elementos de este tipo que han sido o siguen siendo utilizados como eras.

En nuestro canchal en cuestión, puede observarse que, por su configuración e inclinación, el drenado y encauce del agua de lluvia hacia la izquierda y –lógicamente- hacia abajo, es casi instantáneo. ¿Con qué fin? ¿Se trata de preservar de humedad algún otro elemento? Sí, a nuestro juicio. Nos llama la atención una piedra de tamaño medio que sugiere una nueva analogía del tipo de las que buscamos. Observémoslo algo más de cerca. (Fotos "verrraco")

Hagamos aquí una pequeña digresión para ilustrar una cuestión metodológica: cuando visitamos un lugar con espíritu de investigación tenemos por norma que quien primero establezca (Marisa en este caso) la presencia de un elemento que sugiera una función, no lo comunique inmediatamente al otro a la espera de que éste, por sí mismo y sin influencia previa, confirme su opinión o establezca otra. De esta forma se consigue una segunda opinión en la primera visita. Más tarde, examinamos las fotografías para determinar que efectivamente no estamos ante un “espejismo” motivado por la luz o el ambiente; más adelante, pasados unos días, se vuelve a visitar el lugar en cuestión, se toman nuevas fotografías, se examinan, y -finalmente- se establece una consideración conjunta si la cuestión lo merece; y creemos que es el caso.

Centrémonos pues en el elemento en cuestión: No tenemos que explicar que la analogía establecida conjuntamente nos lleva considerar la similitud con las esculturas zoomorfas conocidas como “verracos”.

Pero no establezcamos conclusiones precipitadas y examinemos el asunto detenidamente.

Nos anima a considerar la posibilidad de una escultura de este tipo, aparte de la configuración específica del bulto por este lado, la línea recta que se aprecia en la unión del canchal con el elemento y que finaliza en cabecera (izquierda en la imagen) con una especie de escalón o peana, creemos tallada. Las acanaladuras -hoy muy abiertas- sugieren incisiones laterales del tipo de las que se observan con cierta frecuencia en algunas esculturas zoomorfas, aunque no es desdeñable la posibilidad de que, al menos la más profunda, venga provocada por la preexistencia de una “cazoleta”. Ponemos una vista lateral que ayudará -esperamos- a hacerse una idea algo más completa. 

Una vista superior no nos desvía de nuestra opinión sobre la similitud.

Algo más decepcionante es la parte lateral izquierda (vista desde su frente) y la parte trasera del elemento. La erosión ha cumplido naturalmente su labor deformándolo en gran medida e impidiendo que su observación abunde a favor de la similitud establecida. No obstante, contamos con que efectivamente la erosión ha transformado en realidad todo el elemento, aunque en menor medida la peana citada gracias a la protección de la “cabeza”, y, considerándolo en conjunto, nos inclinamos a creer que la analogía persiste.

Pero habrá que contemplar otros argumentos en contra de la consideración del elemento como un “verraco”. Tenemos que tener en cuenta que, apoyándonos en el completo estudio de Jesús R. Álvarez Sanchís sobre estas esculturas, no somos capaces de encuadrarlo en ninguna de las características que, hasta el momento, se consideran. No hay -que sepamos- ningún “verraco” que haya aparecido tallado sobre la propia roca, ni alguno en el que la diferencia entre la talla y la peana no deje espacio alguno para la representación de las extremidades; aunque podrían haber estado esbozadas, como se aprecia en las imágenes. Estaríamos pues, de resultar ciertas nuestras suposiciones, ante un “verraco” bastante atípico.

Por otra parte, volviendo al citado trabajo de Álvarez Sanchís como referencia, si consideramos el factor de proximidad a castros “vettones”, sí estaríamos ante uno de los supuestos que parecen tener peso en la localización de este tipo de esculturas, aunque en un espacio algo más dilatado que el que se admite como estándar.

En las imágenes que ilustraban el emplazamiento del “umbo” indicábamos que habríamos necesariamente de extendernos sobre la cuestión del entorno más o menos próximo: es el momento. 

En la cumbre del monte que aparece a la izquierda de una de las imágenes del "umbo"se encuentra el castro de la Era de los Moros, muy cerca de las poblaciones de Las Cabezas Bajas y de Las Cabezas Altas. Ponemos una vista de La Nava del Barco desde el castro, y otra del castro desde el “umbo”.

Considerando esta cuestión, no es descabellado pensar que pudiesen haber estado en relación, bien como territorio bajo control “vettón”, como se viene sosteniendo, bien como reliquia de un sustrato indígena, anterior al Hierro, como deseamos otros. No con mucha vehemencia en nuestro caso, debemos admitirlo, considerando que sobre esta cuestión habrá siempre mejores opiniones que las de quienes le dedicamos a estos asuntos un poco de tiempo por afición.

Pero volvamos al conjunto. Contigua al “verraco” observamos otra roca que presenta unas piletas de considerable tamaño. Llamamos la atención en especial sobre una lateral bastante profunda y con forma poco habitual. Podríamos estar aquí ante un sistema de recogida y encauce que alejaría también el agua de lluvia de la senda y del “verraco”, dejando detrás una grieta o pasillo entre dos bloques libre de humedades.

Ofrecemos imágenes del sistema completo desde dos perspectivas (vistas laterales en relación al “verraco”), detalle de la pileta especial, y grieta posterior. También una vista general del conjunto, con dimensión humana, y el castro al fondo, tomada desde lo alto del monolito con pileta.

Hay otro elemento que aunque no es llamativo no deja de suscitar nuestro interés por su proximidad a los elementos mencionados anteriormente –unos diez o doce metros- y por alguna otra característica. Se trata de un cúmulo de piedras aparentemente informe desde la perspectiva en que nos encontramos, esto es, desde la piedra de las piletas y el “verraco”. Sin embargo, afrontando el conjunto, creemos observar una disposición quizá no tan arbitraria de los bloques, algo así como una estructura. La base parece colmatada –algo no habitual en este terreno- y aún así, es apreciable un hueco bajo el bloque grande que comunica con otro formado por la roca curva lateral derecha (desde la visión frontal). El esquema es parecido al del “zulo” que incluimos en el poblamiento de Ulaca, hablando de las posibles formas de enterramiento anteriores al Hierro, aunque el que nos ocupa sería considerablemente más grande.

La vista lateral no orienta demasiado nuestra opinión hacia la posibilidad de una colocación "casual" de las piedras que observamos, sin dejar de admitir no obstante que tal posibilidad existe. En nuestra opinión quizá sea el elemento -“verraco" aparte- que merezca mayor atención por las posibilidades (escasas) de algún hallazgo ocasional en la base colmatada.

Y para terminar, ya que a esto nos referimos, tenemos que disculparnos por no ofrecer de momento una localización precisa con la intención de preservar en lo posible la localización de vestigios, si es que el dato interesa a las instituciones competentes

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El poblamiento fue geoposicionado por Brandan.


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Comentarios

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  1. #1 Brandan 16 de oct. 2007

    Excelente Onnega, las fotos y la ampliación del artículo, sobre todo.

    La primera cita de González Ruibal es muy acertada, en mi opinión.

    Álvarez Sanchís, en su libro Los vettones, sostiene que celebraban sus ritos al aire libre en espacios sagrados (nemeton) relacionados con el culto a la divinidad. Y aquí aclara que sería más correcto, en lugar del culto a los árboles, a las peñas, a los bosques, a los montes, etcétera, hablar del culto a divinidades relacionadas con estos lugares; cita dos trabajos de Marco (1993.a - 481 y 1993.b). Se apoya en César (B.G. 6,13 y 16); Tácito (Germ. 9);  y Marcial 4.55.23)

    Cito ahora literalmente:

    “Existen indicios arqueológicos de estas formas ceremoniales a cielo abierto, distinguiéndose sobre todo por la presencia de grandes canchos de granito con oquedades, escaleras y cubetas, en algún caso denominadas en referencias epigráficas lacus, laciculus, o aeternus lacus (Blázquez 1983:234) y vinculadas a complejos rituales de sangre y agua.”

    Habla a continuación del santuario de Ulaca (Solosancho – Ávila) como lugar emblemático, e incluye en el catálogo de santuarios de este tipo el complejo rupestre de San Pelayo, en Almaraz de Duero (Zamora), (Benito y Grande 1990 y 1992: 41-56), sobre el que dice:

    “…no ofrece indicios cronológicos precisos, sin embargo, creo que contamos con evidencias significativas considerando el conjunto de peñas labradas parcialmente, que incluyen cubetas de distintas dimensiones, canales y escalones. Algunos de estos depósitos servirían para abluciones rituales, quedando abierta la posibilidad de una actividad de culto relacionada con las aguas.”

    Y ya más concretamente sobre el tema que nos ocupa:

    “La presencia de actividades cultuales puede defenderse en otras áreas de la región. Tendríamos la noticia de Fernández Gómez (1986:965) a propósito de una piedra a modo de pequeño menhir labrada en su parte superior, en el emplazamiento del santuario al dios Vaelicus, junto el Tiétar, y no lejos del Raso de Candeleda. Más difícil de valorar es el hallazgo de una piedra con cazoletas hallada en la puerta A entre el primer y el segundo recinto de La Mesa de Miranda (Cabré et alii 1950) aunque alguna significación ritual debió tener.

    Otro tanto puede decirse para el Oeste del territorio salmantino como lo atestiguan las insculturas del castro de Yecla, la peña del Perdón en la Redonda, o las cazoletas de Sobradillo, Morán (1946:156); Martín Valls (1973a:81), por citar una mínima parte. Los peldaños excavados en una gran roca de La Mata de Alcántara (Martín Bravo, com. personal) y en el campamento de La Pepina, en Fregenal de la Sierra (Berrocal Rangel 1992:192) o las cazoletas de los castros de Villasviejas de Plasencia y Villasviejas de Gata, son testimonios que avalan su presencia en tierras extremeñas y en la Beturia Céltica. De cualquier manera, la posibilidad de ofrecer una lectura de conjunto es muy limitada ante la falta de un corpus general de estos monumentos. Su examen tipológico ha de hacerse con prudencia, pues sabido es que este tipo de roca presenta formas erosivas con apariencia de trabajo humano, y no hace falta decir que estos sitios a menudo ofrecen signos evidentes de posterior cristianización.”

     

    Luego ya acomete temas concretos de cultos y ritos que nos desviaría del asunto comentar ahora, y sobre los que me oriento hacia la opinión de Rubial.

    Es indudable que existen lugares de culto, como los que se han citado, los que usted ha aportado, y algunos otros que hemos tenido el placer de conocer a través de Celtiberia, con evidencias claras de haber sido utilizados con el fin propuesto.

    Sin embargo, como ya hemos comentado en otro foro, ni siquiera la existencia de cazoletas (yo las llamaré piletas, aceptando la sugerencia de Jugimo), o escaleras, o “pequeños menhires”, o cruces cristianas, estaríamos ante ninguna demostración palpable de que el lugar fuese un auténtico santuario del Hierro o anterior.

    Yo no conozco la piedra con cubetas que se menciona en La Mesa de Miranda, si es una  formación de un par de pequeños bloque que hay en esa zona, el asunto no parece tener mucha enjundia, pero puede que se trate de algún otro elemento que no conozco. Donde sí echaría un vistazo es a esta del Mirón, cuya foto ya puse en contestación a una pregunta que me hicieron no hace mucho sobre este asunto, pero que me tomo la libertad de traer aquí, más en detalle:

     

     

     

     

    Abordemos en primer lugar el asunto de la formación natural de las piletas redondas. Al parecer, se tiende a atribuir la cazoleta cuadrada a la obra humana y la redonda a la natural. Y aquí reflexiono sobre el párrafo en negrita del artículo de Álvarez Sanchís.

     

    ¿Formas erosivas con apariencia de trabajo humano? ¿Cómo y cuando se invirtió la carga de la prueba? El hombre empeñado en imitar a la Naturaleza, y resulta que es la Naturaleza la que imita al hombre.

     

    Tanto es así, que algunas formaciones que uno observa a menudo, pongo como ejemplo las piletas en cascada de la piedra del Mirón, que son automáticamente consideradas naturales por su forma redonda y el desgaste acusado, o a las que la erosión ha modificado distorsionando su función, en mi caso tengo que hacer considerables esfuerzos para pensar que son producto de la naturaleza. Claro que la naturaleza produce esas formas, y en el granito, sí, pero en el lecho de los ríos, a base de considerable fuerza y constancia. Caigo aquí, como ven, yo también, en atribuirle a la Naturaleza cualidades humanas.

    Sin embargo, la piedra en cuestión no está cristianizada con las típicas cruces –que yo sepa- y el culto se celebraba en la iglesuca mozárabe, cuyas ruinas se encuentran no muy lejos.

    Por otra parte, hay ejemplos más llamativos –como el de Neila, junto al abrigo- que por no encontrarse en lugares con continuidad de poblamiento, no se les ha considerado “sacralizables” o ni siquiera se ha reparado en ellos. Omito mencionar los que han desaparecido, que han debido ser muchos.

    Se me ocurre pensar que si en cualquiera de estos dos casos (Neila y El Mirón), por ejemplo, la oportuna piqueta de algún vecino hubiese repasado convenientemente las piletas en cascada y otras formas de la piedra, hoy muy redondeadas, estaríamos ante unos lugares muy atractivos para la celebración de ceremonias neo-celtas, como en el caso de Ulaca.

     Si le interesa mi opinión –aunque ya ve que voy a dársela de todas formas- últimamente me inclino a considerar la posibilidad de elementos ornamentales con cierto carácter sacro, seguramente, para este tipo de instalaciones, muchas veces adscritos o muy próximos a los lugares de habitación. Observar la función del sistema en pleno chaparrón no deja de ser un espectáculo interesante.

    Pero claro, esa geografía no encaja en el esquema celto-vettón, que es al parecer el único que estamos dispuestos a reconocer.

    Creo que los comentarios de Estabón y otros al describir los sangrientos ritos de estas tribus han marcado notablemente la noción que de su religiosidad tenemos. Enseguida tendemos a ver toros, caballos, o seres humanos despedazados sobre las piedras que mencionamos y chorreando sangre por todas partes. Es muy probable que tuviesen también otro tipo de ritos menos cruentos, digo yo.

    Además, la utilización de fuego continuado sobre este tipo de piedras habría destrozado por completo el peñasco, en mi opinión. Mejores opiniones de expertos en geología podrán confirmar o descartar este extremo.

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