Autor: Sdan
viernes, 12 de agosto de 2005
Sección: Tradiciones y Fiestas
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EL INQUILINO DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO

¿Quién está enterrado en Santiago de Compostela? Mientras que la Iglesia mantiene que en la seo compostelana yace el cuerpo de Santiago, o Jacobo, llamado «el Mayor», tesis historiográficas dudan de esa leyenda. Aún así, no deja de ser importante la aportación del Camino de Santiago a la Historia europea y mundial.

¿QUIÉN ERA SANTIAGO? (SÍNTESIS BIOGRÁFICA) Santiago fue uno de los apóstoles de Jesucristo, hermano de Juan, a quienes Aquél denominó «hijos del trueno». Dicen los evangelios que Santiago estuvo presente, junto a su hermano y a Pedro, en la transfiguración y la agonía en el huerto de Getsemaní. Según los Hechos de los Apóstoles (atribuidos a Lucas, ???), Santiago, es decir, Jacobo, fue decapitado en tiempos de Herodes Agripa, alrededor del año 44. Éste se convirtió así en uno de los primeros mártires (He. 12,1-2). SANTIAGO EN ¿HISPANIA? Según la tradición, el apóstol vino a evangelizar Hispania, y predicó aquí y allá. En lo que hoy es Zaragoza, se le apareció María, subida sobre un pilar, le animó a seguir con su prédica itinerante y de ahí surgió la veneración a la Virgen del Pilar. En la Crónica de Aragón (siglo XV), se recoge este suceso «milagroso»: «Así, la primera voz de la fe que sonó con mayor fuerza en Zaragoza, capital de Aragón, toma su base: porque viniendo a ella Santiago el Mayor (como algunos afirman y hasta en Roma se halla por escrito, y hasta en la Iglesia lo han dado como cierto), convirtió en la ciudad a siete hombres cuyos nombres se citan en el famoso martirologio de Cromacio, que fueron Torcuato, Tesifonte, Segundo, Indalecio, Sicilio, Esicio, Eufrasio. El cuerpo de san Indalecio lo encontró el rey Sancho IV en San Juan de la Peña, y lo identificó como natural de su misma nación. Desde ese tiempo, éstos fueron los primeros cristianos que hubo en Europa. Aquí llego primero Santiago, antes de que salieran los apóstoles de Judea. Por esta causa hizo Santiago en la ciudad la primera capilla en honor de Nuestra Señora que fue nunca construida, porque cuando se despidió de ella se lo prometió, pues le fue encargado por ella que donde quiera que hiciese más discípulos le fundase una capilla. La llamo Santa María del Pilar, y la razón de esto fue que, una noche orando en el río [Ebro] con sus nuevos siete discípulos oyó cantares maravillosos del cielo, y súbitamente se le apareció Nuestra Señora con gran cantidad de ángeles que la trajeron hasta asentarla en un pilar. Llevaba una excelente corona en la cabeza, y con aquella fiesta, gloria y triunfo que a tan alta reina pertenecía. […] Le fue por ella mandado de nuevo que construyese la primera capilla de la misma forma, y el así hizo. Le prometió a Ella que siempre sería festejada para siempre su inmortal memoria y su nombre sería devotamente acatado». (1) Otra leyenda afirma que Santiago, después de muerto (¡y sin cabeza!) fue traído por sus discípulos desde Judea hasta, nada más y nada menos, la provincia de Gallaecia, en un barco, que haría tierra en alguna de las rías gallegas o en Finis Terrae (Finisterre). No se conformaron sus discípulos con traerlo al Levante, sino que bordearon toda la Península hasta el mismísimo fin de la tierra. Además, el barco no tenía timón, lo guió la Providencia. Después, de alguna forma, fue traído unos ochenta kilómetros tierra adentro, y allí fue enterrado. El italiano Santiago (o Jacobo) de la Vorágine (1228-1230) recoge en un libro denominado “La leyenda de oro” la vida de los santos en cada día del año, un santoral, muy de moda en esa época. El día 25 de julio, habla de Santiago, y recoge esta leyenda: «Después de la Ascensión de Nuestro Señor predicó primero en Judea y Samaria, posteriormente fue a España a predicar la palabra de Dios. Pero cuando vio que su actividad allí era inútil, y que solo había podido hacer nueve discípulos allí, dejó a dos predicando, y regresó a Judea con los otros siete. […] Y el apóstol, demostrando tan claramente la misión y la Pasión de Cristo a ellos, citando los libros sagrados, convirtió a muchos. En esto, Abiatar, que era el sumo sacerdote del año, incitó al populacho a armar escándalo, echó una soga al cuello del apóstol y lo arrastró ante Herodes Agripa que lo condenó ser decapitado… Este martirio tuvo lugar 25 de marzo, el día de la Anunciación; pero la Iglesia ha decretado que la fiesta de Santiago se celebre en el vigésimo quinto día de julio, que es el día del traslado de sus reliquias a Compostela. […] tras su muerte, sus discípulos, por miedo a los judíos, pusieron su cuerpo en un barco por la noche, embarcaron con él, aunque el barco no tenía timón, y navegaron, confiando a la providencia de Dios la determinación de su lugar de enterramiento. Y los ángeles guiaron el barco a las orillas de Galicia, en España, dónde había una reina cuyo nombre era Lupa (un nombre que significa la loba), y que mereció bien por su vida. Los discípulos pusieron el cuerpo del apóstol en una gran piedra que inmediatamente se ablandó como si fuera cera, y se formó de repente en un sarcófago a su medida. Fueron a la reina Lupa y le dijeron: " "Nuestro Señor Jesucristo le envía el cuerpo de Su discípulo, ¡déle la bienvenida muerto que no le pudo dar en vida!” y le contaron el milagro que les había traído hasta aquí, y le rogaron que buscara un lugar donde sepultarle. [Entonces ella los envía al rey de España, un hombre cruel que les encarcela. Un ángel los libera. El rey envió soldados en su busca, y al pasar éstos por un puente, éste se derrumba. El rey les temió y envío legados para pedirles su regreso y que no les negaría nada] Ellos volvieron junto a Lupa, para hacerle saber el consentimiento del rey. La reina estaba penosamente aturrullada con la noticia, y contestó: "Tengo bueyes en un lugar montañés. Tomadlos y amarradlos, y llevad el cuerpo de vuestro amo adonde queráis, y construidle una tumba". Ella lo dijo así sabiendo que los bueyes eran realmente toros salvajes, y pensó que no podrían amarrarlos y si lo hacían, éstos saldrían corriendo y destruirían el carro y les matarían. Pero la astucia no está en contra de Dios. Los discípulos, desprevenidos de las artimañas de la reina, fueron a en la montaña donde primero encontraron un dragón que echaba fuego; pero sostuvieron una cruz ante él, y sorprendentemente se hundió. Entonces hicieron la señal de la cruz sobre los toros, y se pusieron tan mansos como los corderos, les permitieron uncirlos, y sin guía alguno, dibujaron el cuerpo del santo, con la piedra en que fue puesto, justo en medio del palacio de la reina. Viendo esto la reina creyó y transformó su palacio en una iglesia para Santiago, y la enriqueció. Y pasó el resto de su vida obrando bien». (2) LAS RELIQUIAS DEL SANTO Sobre las reliquias del santo y su posterior devoción escribe Xosé Hermida en un artículo publicado en El País Digital: «Santiago no está enterrado aquí. […] El supuesto osario de Santiago Zebedeo incluso estuvo perdido durante tres siglos y, tras su redescubrimiento, en 1879, se le entregó a un grupo de científicos que sólo pudo certificar que se trataba de restos humanos muy antiguos. Algunos heterodoxos han defendido que quien en realidad ocupa el sepulcro de la catedral de Santiago es el cuerpo de Prisciliano, obispo místico y hereje del siglo IV, ajusticiado en Tréveris, la ciudad natal de Karl Marx. Pero esta hipótesis adolece de la misma falta de rigor que la doctrina oficial. No hay un solo testimonio que confirme con fundamento la leyenda de Santiago el Mayor, el hijo del trueno, evangelizador de España, feroz guerrero contra el infiel musulmán y origen de un mito religioso que ha resistido once siglos hasta derivar en un fenómeno entre espiritual, mágico, turístico, cultural y festivo. Cada 30 de diciembre, una alta personalidad política o un miembro de la familia real acude a Santiago para presentar una ofrenda que conmemora la pretendida traslación de los restos del apóstol, en una barca que navegaba abandonada al albedrío de Dios, desde el puerto palestino de Jaffa a la villa romana de Iria Flavia, hoy Padrón (A Coruña). […] Fernando López Alsina, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Santiago, apunta que en la leyenda de la tumba del apóstol "cabe tanto el hallazgo como el invento". Descubrimiento o fabulación, sus resultados son igualmente fantásticos: la llamada del sepulcro de Compostela desató uno de los mayores movimientos de masas de la cristiandad, que, como ya observó Dante, dio origen a la palabra peregrino y que, según Goethe, fue el hecho social que propició el nacimiento de la noción de identidad europea. […] Hasta fines del siglo VI no hay la menor mención documental a la hipotética presencia en España del hijo de Zebedeo. La primera alusión se encuentra en el Breviario de los Apóstoles, una obra anónima escrita en las Galias en la que se refiere que Santiago "predicó el evangelio a Hispania y a los lugares occidentales y difundió la luz de su predicación en el ocaso del mundo", y se cita que su cuerpo yace en un lugar denominado Aca Marmarica, enigmático topónimo cuyo significado nunca se ha esclarecido del todo. El escrito pretendía relatar la dispersión de los discípulos de Cristo, y algunos especialistas creen que las referencias geográficas eran una manera de subrayar que el mensaje de Jesús había sido llevado hasta los últimos confines: en un extremo, la India y en el otro, el Finisterre galaico.[…] Las bases del mito se consolidaron entre el 820 y el 830, cuando se data el hallazgo de su sepulcro en un monte en el que pocos años después nacería la ciudad de Compostela. El relato de ese descubrimiento pertenece casi por completo a la leyenda. Un ermitaño, también de nombre Pelayo, vio extraños fenómenos luminosos en el bosque cercano a su iglesia y recibió en sueños revelaciones angélicas. Avisó entonces a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, quien, después de tres días de ayuno, ordenó rastrear la zona y halló entre la maleza un monumento funerario que al instante identificó como la tumba de Santiago. El rey de Asturias, Alfonso II el Casto, fue el primer peregrino que acudió a venerarla. Para apuntalar el mito era preciso justificar cómo habían podido llegar hasta allí los restos de un personaje al que las Sagradas Escrituras daban por muerto en Jerusalén. De esa necesidad nació el fantástico relato de los siete discípulos de Santiago que recogieron su cadáver en Palestina, se embarcaron dejándose guiar por la Providencia, arribaron a Iria Flavia y allí se enfrentaron a dragones, a bueyes salvajes y a las artimañas de la gobernante del lugar, la reina Lupa, una pagana que acabó convertida al mensaje de Cristo. Tres de los discípulos murieron en Galicia y se enterraron con Santiago. […]A fines del siglo XIX, contagiadas del nuevo espíritu científico, las autoridades eclesiásticas ordenaron excavaciones en el templo. Una noche de enero de 1879 se produjo el segundo descubrimiento de los restos de Santiago: fue encontrada una caja de piedra que contenía un osario. Una comisión científica de la Universidad examinó el hallazgo y concluyó que los huesos eran muy antiguos y pertenecían a tres personas distintas. No hubo dudas: se trataba del apóstol junto a dos de sus discípulos. La Iglesia volvió a sentirse reconfortada en 1955, cuando en unas nuevas excavaciones apareció la lápida funeraria del obispo Teodomiro, el original descubridor del sepulcro apostólico, a quien algunos historiadores tenían por un personaje de fábula. Desde entonces, ni el materialismo de la época ha podido con una leyenda que, además de las viejas historias, se sustenta ahora en un tinglado político, turístico y cultural . Como en la Edad Media, Compostela ha vuelto a convertirse en destino de millones de visitantes, a quienes parece importar muy poco el origen de las reliquias que se muestran en la catedral. Los tiempos cambian, pero no tanto como para apagar en el hombre la sed de mitos». (3) Bueno, y Lutero opinó también sobre el tema: «…De qué manera ha llegado a Compostela... Hay quien dice que está enterrado en Toulouse… Dejadlo reposar no vayáis allí, porque igual lo que está enterrado allí es un perro muerto o un caballo…No hay que ir a Santiago, sino a Cristo…» CUESTIÓN DE NOMBRES El lugar donde fue enterrado recibía el nombre de Campus Stellae («campo de la estrella») o, como dicen otros historiadores, Compositum (simplemente «cementerio»). ¿Y porqué el nombre de Santiago? En realidad el apóstol se llamaría Jacob o Jacobo, siendo latinizado su nombre como Iacobus (pronúnciese la i con valor consonántico y), y al que, después de martirizado, se le dio el epíteto de santo, Sanct Iacobus. Después se simplificó la pronunciación y escritura de Iacobus a Iacus. En la Edad Media probablemente comenzó a escribirse Sanctiacus, y de ahí, la pérdida de la c después de n, la sonorización de la c a g, y el cambio de la terminación us por o: Santiago. Pero esto ocurrió sólo en castellano, pues en gallego es San Yago, en francés Saint Jacques, en inglés Saint James, etc. Por esta razón nunca se le llama «San Santiago», porque su nombre lleva implícito el san.

CITAS

(1) Santiago de la Vorágine. La leyenda de Oro. Edición de Granger Ryan and Helmut Ripperger. New York: Arno Press, 1969. Pp. 368-73. Traducida del inglés por el autor. (2) Gauberto Fabricio de Vagad, Crónica de Aragón (1499). Adaptado al castellano moderno por el autor. (3) Xosé Hermida. El País Digital, lunes 31 mayo 1999. © Del resto del texto: Sergio Daniel B. Seco

Más informacióen en: http://es.geocities.com/sssdan187/inqui_sant.htm


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  1. #1 lgmoral 08 de nov. 2005

    Me permito copiar en resumen unas notas de una traducción del Codex Calixtinus I, 18, sermón Veneranda dies", y III, 1, Traslación de Santiago), por si interesan al tema: Nota 263: La tradición relativa al pedrón tiene variantes, a juzgar por el Códice y por otras fuentes de ella: 1) el Códice rechaza aquí que Santiago haya venido a Galicia desde Jerusalén «sentado sobre un pedrusco» o pedrón para predicar, pero más importante que ese rechazo es que el Códice, salvo en los Prólogos de los Libros III y IV, nada dice de que Santiago haya predicado en Galicia y solamente habla de que fue traído después de su martirio]. 2) el Códice también se refiere a un pedrón que vino en la nave que trajo el cuerpo de Santiago. Pero nótese que en la tradición todavía viva ese pedrón es realmente la nave que nos trajo el cuerpo apostólico y que tiene abundosa y muy hermosa representación en la imaginería jacobea]. 3) el Códice considera venerable un pedrón sobre el que la tradición dice que los discípulos colocaron el cuerpo de Santiago y que, según Morales, Viage, «dicen se abrió milagrosamente tomando forma de sepultura», pero que él no pudo ver porque lo habían cubierto agua y arena. 4) además tenemos el pedrón que la tradición y la piedad populares –que ya recoge Morales, Viage,– dicen que sirvió para amarrar la barca que trajo el cuerpo de Santiago y que es un ara votiva a Neptuno, de granito, romana, pero cristianizada con una cruz: CIL II 2540 y 5626, Corpus de Inscricións Romanas de Galicia I, 12 (ed. G. Pereira, Santiago 1991). Nótese que también era epígrafe romano la famosa 'ara de Antealtares' que veremos en cap. IX del Libro V. En ambos casos parece que las letras antiguas, prestigiosas y mal entendidas, tuvieron fácil encaje en la tradición jacobea, que se autorizaba y ganaba antigüedad con ellas]. Para enjuiciar estas tradiciones debe tenerse en cuenta que: 1) Los múltiples Padrón, Padrão y sus derivados y afines en la toponimia gallega y portuguesa sugieren que el Padrón inmediato a Iria Flavia puede ser un Padrón ya preexistente a la tradición jacobea y referente de cualquier otra realidad, pues padrón, pedrón son, ya con documentación medieval y como bien sabía Morales, Viage, p. 137, lo que en castellano son marco, mojón, hito, poste ... que señalan límites o recuerdan acontecimientos. Padrón, Padrão son, pues, topónimos a integrar con Anta(s), Arca(s), Marco, Pedrafita ... Pero es evidente que, si la tradición jacobea no es la que motiva este Padrón, es la que acaba dándole sentido: en la carta del cruzado inglés (c. 1150) que participa en la toma de Lisboa se dice de Iria «quae nunc Petra Jacobi vocatur» ("Crucesignati anglici epistola de expugnatione Olisiponis", en Portugaliae Monumenta Historica. Scriptores, I. Lisboa 1856, reim. Nendeln 1967)]. 2) La creencia en que era de piedra (o de cristal) la barca que trajo el cuerpo de Santiago es un aporte de la tradición y la mitología celto-atlántica y, por supuesto, no se reduce a esta incidencia jacobea, pues basta con recordar, entre otras muchas muestras galaicas y extragalaicas, A Virxe da Barca en Muxía y el santuario de San Andrés en Teixido: v. Alonso, F., Santos e barcos de pedra, Santiago 1991. En Herbers, K. y Plötz, R., Caminaron a Santiago, Santiago 1999, pp. 68, 118, 146, 250 y 276 pueden verse relatos de peregrinos sobre la persistencia y acrecimiento de las creencias y el culto populares relacionados con el pedrón y la barca de piedra, además de reacciones de la jerarquía eclesiástica contra ellos. En el relato de Traslación que veremos en el Libro III hay otros elementos fantásticos que también podrían tener un origen precristiano celto-atlántico. El aporte celto atlántico está también en que la Torre fenicia y griega de Hércules es la Torre de los célticos Breogán y su hijo Ith]. Las tradiciones y los mitos ligados a Hércules ya aparecían censurados antes (v. el texto al que se refiere n. 242) como innecesarios, como «vanas leyendas» para la fama de Hispania y Gallaecia, frente a la 'historia' del apóstol Santiago. Ahora el Veneranda dies y el Libro III no rechazan la Traslación en una barca, con notables componentes milagrosos, pero sí rechazan con toda energía el aporte extracanónico de que la barca sea de piedra o de cristal. A mayor abundamiento véase que Díaz y Díaz, Santiago, p. 119, n. 29, destaca tradición manuscrita en que el relato de la Traslación se presenta a sí mismo libre de y «contra hyberias nenias et aniles fabulas que de beato apostolo Iacobo proferuntur», libre de y contra «historietas ibéricas y cuentos de viejas que se cuentan del apóstol Santiago». V. también su estudio de "La Epistola Leonis Pape de Translatione Sancti Iacobi in Galleciam", Compostellanum, 43, 1998, con el texto en pp. 565-566. Nota 485: Iria Flavia del Itinerarium Antonini 430.4 (Vía XIX, de Braga a Astorga) [Pria en el Itinerarium, a corregir en Iria, de acuerdo con la II Tabla de Barro de Astorga y con el recorrido de la Vía XIX; v. Roldán, Itineraria], el actual Padrón a 20 km de Santiago sobre el Sar y próximo a la confluencia de este río con el Ulla. La ciudad romana era ya obispado antes de los suevos; mas al ir pasando la capitalidad de la diócesis a Compostela, desde el descubrimiento del sepulcro del Apóstol bajo el Obispo Teodomiro, la iglesia de Iria se tituló segunda catedral y con el tiempo pasó a colegiata y en el siglo XIX a parroquia, que conserva su antiguo nombre. Según Otero, Guía, p. 414, «La barca portadora del cuerpo del Apóstol, cuenta la tradición que al arribar al muelle de Iria fue atracada a una columna o 'padrón' de piedra que dio nombre a la villa. El lugar conservó el nombre de 'Barca', e inmediato a él se edificó la iglesia parroquial de Santiago, que ... guarda el 'padrón' bajo el altar mayor. Es piedra romana con epígrafe, que ha sido leído como una dedicatoria a Neptuno. La piedra en que al desembarcarle depositaron el cuerpo los discípulos del Apóstol, fue arrojada al río para evitar, según dicen, que la deshicieran los peregrinos a fuerza de arrancarle fragmentos». V. también López Ferreiro, I, pp. 218 ss. Para el pedrón que dio nombre a Padrón y para el puerto de Iria v. la nota 263. El nombre de Iria tal vez tenga la significación genérica de 'ciudad, villa' y se relacione con los abundantes topónimos ibéricos compuestos con un elemento inicial ili , ilti , ilu- (Iliturgi, Iltirta o Ilerda es la actual Lleida / Lérida; Iliberris es nombre antiguo de Granada), topónimos que en áreas orientales, sudorientales y meridionales de Hispania marcan el área no indoeuropeizada; además es probable la relación con el vasco actual iri, uri 'ciudad, villa' que tenemos en Iriarte, Irízar, Iribarri, Iriondo, iruña, Urízar, Uribarri .... El nombre de Iria, combinado con otros datos o antojos, fue etimologizado como 'troyana, de Ilión' y el Cronicón Iriense, 1 (s. XI) y su versión gallega Crónica de Iria, 2, 3 (s. XV), seguidos por numerosos eruditos posteriores, nos presentan Iria como fundación de la princesa Ilia y de su marido Teucro, fugitivos tras la derrota de su ciudad Troya o Ilión; pero estas galas troyanas de Iria no interesan al Liber Sancti Iacobi y a la Historia Compostellana. En otras versiones de la Traslación y textos relacionados con ellas, en el Crónicon Iriense y en la Crónica de Iria, se juega con que Iria es Bisria porque está situada entre dos ríos, Sar y Ulla: «bis riuata vocatur Hyria» versifica Panicha al final de nuestro Códice. V. Juan J. Moralejo, "Prosapia y trapisonda de Iria Flavia", El Extramundi y los papeles de Iria Flavia, 21, 2000, pp. 45-67, y Díaz y Díaz, "La Epistola ...", Compostellanum 43, 1998]. Acerca de la "reina" Lupa o «Luparia» (así en el texto latino) y del llamado Castro Lupario o de Francos donde la tradición supone su morada, situado en un monte con ruinas antiguas a la derecha de la carretera de Santiago a Padrón y casi a medio camino, junto al lugar de O Faramello, es de notar que en el mapa actual (IGN, 1:25.000, Hoja 120-2) tenemos un orónimo Lurpieiro (que no se registra como entidad de población en toda Galicia) en el lugar preciso que los textos llaman «Luparium». En gallego actual lurpia es la mujer perversa, liante, y también bruja, meiga y, como parece que la figura de Lupa o Luparia tiene rasgos que recuerdan las mujeres (mouras o de otro nombre) con poderes mágicos, maléficos o benéficos, y que viven solitarias en alturas o castros, queda abierta la conjetura de que sea novedad galaica esa Lupa o Luparia hostil y de superstición sacrílega, y que tenga algo que ver con ese Lurpieiro. Hay que tener en cuenta que en el culto a los Varones Apostólicos, que es ya de fecha visigótica, hay relatos, anteriores a los de la Traslación de Santiago, en los que ya aparece una dama o matrona Luparia que, inspirada por el Espíritu Santo, se bautiza y desde el primer momento ayuda a los Varones en su predicación por tierras granadinas, almerienses, etc. Pero toda esta conjetura es inútil si, aparte problemas semánticos, resulta que lurpia y afines son de fecha moderna y origen flamenco, como supone Pensado, "Nombres dieciochescos de la borrachera", Galicia en su lengua y en sus gentes, La Coruña, 1991, pp. 109-111. V. además n. 488]. Es muy de notar también que la versión de la Traslación que combate las «historietas ibéricas y cuentos de viejas» (v. final de n. 263) y la Historia Compostellana no hacen la menor mención de la reina Lupa y de sus bueyes bravos y amansados, ni de ningún otro elemento que parezca fantástico o folklórico. Creo que lo de la tumba apostólica es una hermosa patraña; la de que la tumba sea de Prisciliano no es hermosa.

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