Autor: Teodoro Fondón Ramos
martes, 03 de mayo de 2016
Sección: Protohistoria
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Banquetes, Hospitalidad y Música durante el Bronce Final II

Tal y como comencé el período anterior del bronce final, la primera fase la cual los arqueólogos e historiadores hemos numerado como Bronce Final I, y si me han seguido los anteriores artículos, se inició con un recorrido por los rasgos sociales de los pueblos que en este tiempo poblaban la Península Ibérica; en esta ocasión esos rasgos han evolucionado en cierta manera tras una pequeña evolución. Hay rasgos que cambian pero otros se mantienen en el tiempo, y en este artículo veremos una parte de ello descubriendo una de esas características sociales siempre desde un punto de vista arqueológico que nos da la pista de cómo debían ser los banquetes por distintos motivos y cómo era la hospitalidad de esos pueblos acompañado siempre de la música. Para esta ocasión, como apenas tenemos registro arqueológico vamos a tirar de nuevo de esas dos obras cumbres de la literatura universal, la Ilíada y la Odisea de Homero, que sin duda para un arqueólogo o historiador representa una fuente fiable de información de primer orden.

En
este recorrido vamos a empezar por el yacimiento
de Nossa Senhora da Guía
, Baioes (Viseu, Beira Alta), que presenta el mejor
conjunto de piezas que se utilizarían en un ceremonial de banquete, como un
gancho de carne, resto de uno o varios asadores articulados, fragmentos y un
asa de caldero metálico, y seis cuencos metálicos semiesféricos.



 



Durante
el banquete se hacía gala de hospitalidad,
el principal valor social de la sociedad del Bronce Final, se comía y se bebía
hasta saciarse, se ostentaba la ropa y las copas de bebida más lujosas ante los
invitados, y se intercambiaban las últimas noticias llegadas. El aedo recitaba
con la lira las acciones heroicas que habían realizado el dueño de la casa, sus
antepasados o aquellas de las que tenía alguna noticia.



 



La
comida se repartía equitativamente: “Nunca
carecía […] de la equitativa porción en el banquete”
(Homero, Ilíada, IV, 48). La carne se cortaba en porciones pequeñas
para poder ser comidas directamente sin tener que utilizar un cuchillo y
ensartadas en un asador se ponían al fuego después de añadirle sal. A veces son
los anfitriones los que se encargan de preparar la carne en persona; así,
Aquiles encarga a Patroclo que le ayude a preparar un banquete para sus
invitados: “puso un gran tajón al
resplandor del fuego, colocó en él el lomo de una oveja y el de una pingüe cabra
y la cinta de un suculento cerdo, floreciente de sebo. Automedonte tenía el
tajón, y el divino Aquiles los troceaba. Los trinchó bien y los ensartó en
brochetas, mientras […] encendía una gran hoguera. Y una vez que el fuego se
consumió y la llama dejó de arder, esparció la brasa, extendió encima las
brochetas y espolvoreó divina sal, levantándolas por los morillos”
(Homero, Ilíada, IX, 206-214).



 



En
otras ocasiones el banquete es el resultado posterior del sacrificio de un
animal, como el realizado por Agamenón buscando el favor de una divinidad: “despiezan los muslos y los cubrieron con
grasa formando una doble capa y encima pusieron trozos de carne cruda. El
anciano los asaba sobre unos leños, mientras el rutilante vino vertía; al lado
unos jóvenes hacían asadores de cinco puntas. Tras consumirse ambos muslos al
fuego y catar las vísceras, trincharon el resto y lo ensartaron en brochetas;
lo asaron cuidadosamente y retiraron todo el fuego. Una vez retirada la faena y
dispuesto el banquete, participaron del festín, y nadie careció de equitativa
porción”
(Homero, Ilíada, I,
460-468)
.



 



Antes
de empezar a comer era requisito indispensable el lavado previo de las manos: “instó a la sirvienta despensera a derramar
agua pura  en sus manos. Se presentó la
servidora trayendo un aguamanil y también un jarro en las manos y tras
lavárselas tomó la copa”
(Homero,
Ilíada, XXIV, 302-305)
, función que podría desempeñar  algunos recipientes metálicos como los
localizados en Berzocana (Cáceres) o
Baioes. El invitado o los invitados recibían las mejores partes de la carne del
animal, como hizo Menelao en su casa con Telémaco, el hijo de Ulises: “les dio unos pedazos de lomo vacuno que le
habían puesto a él cual bocado de honor en la mesa”
(Homero, Odisea, IV, 65-66). Junto a la carne se consumía pan,
cebolla y vino, hidromiel o cerveza: “cebolla
como companaje para la bebida y amarillenta miel; al lado, molienda de sacro
trigo y una copa”
(Homero, Ilíada,
XI, 630-632)
.



 



A
la llegada de un nuevo huésped, se le ofrecía inmediatamente una copa para
beber y saciar su primera sed, como hace Anfínomo a Ulises: “tomando una copa de oro, ofreciósela y dijo
ten salud, padre huésped, y al menos de aquí en adelante sé feliz”
(Homero, Odisea, XVIII, 121-123).
También, al marcharse, el huésped ofrecía una copa a la salud de quienes le
invitaron, caso de Alcinóo y su mujer Areta en Feacia: “Alzándose el ínclito Ulises puso en manos de Areta una copa […] Sé por
siempre feliz, ¡oh señora! Hasta tanto lleguen la vejez y la muerte”
(Homero, Odisea, XIII, 56-60).



 



Incluso
en la vida diaria, al huésped lo atendía de forma especial cualquier persona:
cuando Eumeo, esclavo mayoral de los cerdos de la casa de Ulises, sacrificó sin
autorización uno de los animales de la piara para atender al propio Ulises, sin
reconocerlo, repartió las porciones, pero reservó para el invitado la mejor
parte: “diole a Ulises, no obstante, la
cinta del lomo del cerdo dentiblanco y le pecho del rey inundábale en gozo”

por comportarse como un señor, y al preguntarse le responde: “come ya, singular extranjero, disfruta de
las cosas que tenemos”
(Homero,
Odisea, XIV, 436-438; 443-444)
.



 



Un
banquete no podía ser un evento festivo si faltaba la música. Conocemos varias
liras en las estelas del Suroeste como Zarza
Capilla (Badajoz)
o Quinterías (Badajoz), en el valle del Ebro en la estela de Luna (Zaragoza) y la posible
presencia material de un chalkophón o
calcofón, en el depósito de Baioes (Viseu, Beira Alta). Su presencia es tan
esencial como las armas, porque sin ella no pueden rememorarse las hazañas del
pasado, perdiéndose de la memoria el acto heroico, que es más apreciado que la
propia vida.



 



Este
hecho es más trascendente de lo que aparenta porque refleja que las acciones
humanas, incluso de una sociedad sin
escritura como son los de la fase final de la Edad del Bronce
, se medían
porque habían de ser valoradas por sus contemporáneos y recordadas sus gestas
en el futuro si así lo merecían. Un comportamiento no heroico sería reprobado
en el futuro, como teme Agamenón si no conquistan Troya: “Vergonzoso es que se enteren de esto los hombres venideros; de que tal
y tan numerosa hueste de aqueos en vano está combatiendo y luchando en ineficaz
combate contra menos hombres”
(Homero,
Ilíada, II, 119-122)
. En cambio, de la gloria ya se disfrutaba en vida,
como le pasaba a Ulises a pesar de sus infortunios, cuya fama por sus hazañas
en la Guerra de Troya alcanzaba hasta Feacia, y él mismo manifiesta ante
Alcinóo: “Soy Ulises Laertiada, famoso
entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el
cielo”
(Homero, Odisea, IX, 19-20).



 



Por
ello, la presencia de la lira era esencial en el banquete del Bronce Final: “satisfecho nos tiene ya el gusto la buena
comida y la lira también, compañera del rico banquete”
(Homero, Odisea, VIII, 98-99), lo que hacía que el aedo gozase de
una notable posición social como recalca Ulises: “la honra y el respeto mayor los aedos merecen” (Homero, Odisea, VIII, 479-480). Los
hijos de cierta edad eran autorizados a estar presentes en los banquetes para
que escuchasen los cantos heroicos que recitaban los aedos, como cabe intuirse
del peligro de que un niño quedase huérfano: “el día de la orfandad [...] el que tiene padre y madre lo expulsa del
banquete, llenándolo de bofetadas e increpándolo con voces injuriosas: ¡lárgate
de ahí, tu padre no está convidado con nosotros!”
(Homero, Ilíada,
XXII, 490-498)
.



 



La
música no estaba restringida sólo al aedo, sino también un guerrero de linaje
regio como Aquiles había aprendido a utilizar la lira: recitaba cantos épicos a
su compañero Patroclo utilizando una lira con clavos de plata, que había tomado
en el saqueo de una ciudad y se había reservado para él: “lo hallaron deleitándose el ánimo con una sonora forminge bella,
primorosa, que encima tenía un argénteo clavijero. La había ganado de los
despojos al destruir la ciudad de Eetión y con ella se recreaba el corazón y
cantaba gestas de héroes. Sólo Patroclo en silencio estaba sentado frente a él,
aguardando que el Eácida dejara de cantar”
(Homero, Ilíada, IX, 186-191). La música acompañaba al guerrero, al
terminar el combate, a la espera de su reanudación, rememorando hazañas del
pasado.



 



Bibliografía



 



GRACIA
ALONSO, F. “De Iberia a Hispania”, Madrid, 2008, pp. 59-62.



 



HOMERO,
Odisea



 



HOMERO,
Ilíada


Más informacióen en: http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/banquetes-hospitalidad-y-m-sica-durante-el-bronce-final-ii


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