Autor: José Mª Bello Diéguez
miércoles, 14 de mayo de 2008
Sección: Artículos generales
Información publicada por: elpater


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Arqueología, pseudociencia y ciencia patológica (y 6)

Continuación de Arqueología, pseudociencia y ciencia patológica (5)

Arqueología Patológica - 2

La utilización de la arqueología, y sobre todo de la arqueología prehistórica, para la legitimación de ideologías nacionalistas, sean éstas segregacionistas o expansionistas, no es un fenómeno nuevo. El somos (y ponga aquí cada uno lo que mejor guste: arios, celtas, iberos, romanos, almogávares, árabes, guanches, bereberes...), en presente, pero refiriéndose ese presente a sociedades de hace cientos o miles de años, a ser posible mal delimitadas y peor conocidas, anulando todas las transformaciones y mestizajes habidos en el curso de una historia que se borra de un plumazo, forma parte de las irracionalidades que produjeron graves daños en el siglo que acabamos de dejar. Las posibles razones de hoy dejan paso a un pasado tergiversado, casi mítico, que justifica odios cuando no los provoca: ¡muere, tú que me has invadido hace equiscientos años! El resultado de esta mística asunción de la pseudohistoria lo conocemos, tanto por la historia nada lejana como por el más rabioso presente.

Un ejemplo reciente que roza lo patético de estos comportamientos de ciencia patológica con motivaciones políticas nos remite, inevitablemente, al País Vasco. Los protagonistas son ahora el filósofo Fernando Savater por la parte racional, y Alfonso Martínez Lizarduikoa, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del País Vasco, por la otra. No conocemos el texto original, el libro de Alfonso Martínez que da lugar a la polémica; un libro en euskera titulado Euskal Zibilizazioa al cual intelectuales vascos como Fernando Savater, Mikel Azurmendi o Jon Juaristi han dedicado duras críticas. De todas formas, algunos otros escritos del autor nos permiten entrever por dónde van sus teorías arqueológicas. Basándose, según propias palabras, en "las investigaciones, internacionalmente reconocidas, de eminentes intelectuales como Renfrew y Gimbutas (en arqueología), Cavalli-Sforza y Bertrand Petit (en genética), o Ruhlen y Greenberg (en paleolingüística)", se concluye, en palabras de Mikel Azurmendi que el autor da por buenas, que "somos una comunidad que resiste aquí desde hace 30.000 años", que "somos el único pueblo indígena de Europa", que "somos los únicos descendientes directos del cromagnon" y que "los valores que nos han hecho durar sin plegarnos a los de fuera, son el territorio, la lengua, el panteísmo, el feminismo matriarcal y el trabajo en común" (Martínez, A. 1998).

De forma que está científicamente probado que el pueblo vasco lleva, por lo menos, 18.000 años (dieciocho mil años) viviendo ininterrumpidamente en el territorio de Euskal Herria. Y ese pueblo vasco ha protagonizado muchas veces la resistencia colectiva a la dominación extranjera que es el caldo de cultivo para el fenómeno nacionalista, para la manifestación de la voluntad de construirse como nación (Martínez, s.f.b).

El pueblo vasco es el único que, en toda Europa, resistió a la indoeuropeización alientante, permaneciendo intacto como indígena. Y "los pueblos indígenas como el vasco poseen una sabiduría milenaria relacionada con el medio natural, su aprovechamiento y gestión equilibrada, poseen además una historia (prehistoria) de la que proceden sus artes para la vida y el trabajo, así como su personalidad colectiva. Tienen muchos de ellos una fuerte conciencia matriarcal, colectivista e igualitaria que les convierten en la avanzadilla del socialismo real". El resto de Europa bien puede estar representada por "esa masa civil española y francesa, alienada por una indoeuropeización de milenios, a la que queremos hacer partícipe de la sabiduría de un pueblo al que tienen el privilegio de observar muy de cerca: Euskal Herria, el último pueblo indígena de la Europa Antigua" (Martínez, A. 1999). Y no es para menos: del cromagnon al socialismo real en un plumazo, y todo por haber sabido rechazar el imperialismo indoeuropeo y mantenerse como pastores de mandacarállidos, vulgo ovicápridos. Pues manda carallo.

Al libro de Martínez Lizarduikoa dedicó uno de sus artículos el filósofo Fernando Savater, quien, entre otras cosas, decía:

  • "Supongo que es inevitable que sandeces como las del libro de marras se publiquen y difundan. Lo único deseable sería que no estuvieran refrendadas por autoridades educativas ni se incluyeran en los planes de estudio del bachillerato, como parece que ha sido el caso de La civilización vasca. Pero el único remedio eficaz contra las fabulaciones de la ignorancia atrevida estimulada por el fanatismo es desarrollar la capacidad de dudar, de comprobar, de contrastar noticias y de fomentar un pensamiento mínimamente objetivo de la realidad. La educación de nuevo, ya ven." (Savater, F., 1998)

La respuesta virulenta de Martínez no se hizo esperar. Al contraataque, respondía que "el antivasquismo de estos chicos del Foro de Ermua está alcanzando ya la categoría de patología", y encontraba finalmente que el motivo de los ataques de Savater "no es más que el que se reivindique a Euskal Herria, con un montón de datos científicos incluídos, como el último territorio indígena de la Europa Antigua que aún sobrevive, a pesar del tremendo proceso de minorización y genocidio que ha sufrido (y sigue sufriendo) desde hace más de dos milenios". ¿Cuál es el trasfondo de la discusión arqueológica? El autor lo tiene claro:

  • "Si Galicia reinvindica su pasado celta, Cataluña su cultura romance, Andalucía su más que visible sustrato musulmán, las Islas Canarias su identidad guanche, Castilla su tradición libertaria comunera y, al fin, los vasco irredentos sus señas de identidad preindoeuropeas, ¿qué queda de España? Queda sólo Madrid." (Martínez, A. s.f.)

Y el cromagnon, sin enterarse.

Me parece que es más que suficiente para mostrar la utilización patológica de la arqueología y la prehistoria en el debate (y ojalá fuese sólo debate) político del presente. Y aquí lo dejaríamos si no fuese porque cita el autor la reivindicación del pasado celta por parte de los gallegos, algo que me toca de cerca por lo que no puedo resistir la tentación de comentarlo, al no parecerme bien que ese señor pretenda agudizar las contradicciones de la tierra en la que vivo proponiéndonos una guerra basada en razones de la Edad del Hierro, por más que él quiera remontarse al Paleolítico Superior. Al menos, en el reciente conflicto de Croacia se amparaban en acontecimientos medievales, lo cual, siendo igualmente demencial, resulta más próximo.

Pero es que además, hoy por hoy, el asunto del celtismo en Galicia, un tema que se estaba llevando con racionalidad hasta hace una década, está teñido también con matices políticos (politiqueros, habría que decir mejor), y su reivindicación corre, al menos en los casos más conspicuos y virulentos, a cargo de investigadores asiduos practicantes de la ciencia patológica (cuando no de la pseudociencia), sin que estén tampoco ausentes, en otros, peculiares vinculaciones con el poder. No tenemos ya tiempo para entretenernos en un asunto que sería largo y complejo de exponer y de explicar, pero tenemos un buen resumen en la crítica que realizó Antonio de la Peña, arqueólogo del Museo de Pontevedra, otro de los malditos por el aparato burocrático que gobierna y define la arqueología del país:

  • "Tal vez tenga algo que ver con este estado de cosas la proliferación galopante de literatura arqueológica pseudocientífica, generalmente esotérica, que viene a llenar el profundo hueco creado por la demanda social de información ante el descenso de la producción "oficial“ y el rechazo, por ininteligible y aburrido, del discurso de demasiados arqueólogos. Y así tampoco es de extrañar el fortísimo resurgir de un fenómeno que muchos incautos creíamos relegado al más oscuro pasado: el celtismo como seña de identidad de lo gallego. Permítasenos entrar, siquiera someramente, en este conflictivo tema:
  • Dejando entrever posicionamientos ideológicos formalmente diferentes aunque bastante afines en el fondo, asistimos a la proliferación de varias corrientes historiográficas que consideran el celtismo como base más o menos fundamental de la etnogénesis galaica. Un celtismo de remozada fachada, formalmente actualizado, unificador frente al disgregador tradicional, pero tras el que algunos creen ver el mismo viejo sustrato ideológico de confrontación entre lo ario y lo semita.
  • Y es que el desarrollo del discurso celtista no puede desligarse de una fuerte carga ideológica -y no precisamente progresista-. La propia indefinición del término y las reiteradas contradicciones con los datos que se desprenden del registro arqueológico, están forzando a los defensores del celtismo a verdaderos ejercicios malabares y a bordear, o saltarse literalmente a la torera, conceptos tan básicos para el historiador como son tiempo, espacio y contexto. En su afán por hacer una unidad de la diversidad, se escogen discriminadamente y se exprimen hasta la saciedad datos -no siempre contrastados- de épocas y lugares muy diferentes, levantando un edificio de cimientos tan poco estables -la sociedad céltica- que, a decir de no pocos investigadores, en realidad nunca existió como tal." (Peña 1996)

Pues eso.

Además de esta manipulación política de la arqueología, existe otra de intenciones y contenidos religiosos. El caso más sangrante, aunque de momento nuestro país no haya sido afectado en exceso, es el del autoproclamado creacionismo científico, particularmente virulento en Estados Unidos, fundamentalmente en el mundo protestante, aunque el mundo católico no esté por completo ajeno al fenómeno. Los textos publicados por el Dr. Eustoquio Molina (1992, 1996, 1999), algunos de ellos en esta misma serie editorial, me eximen de intentar adentrarme en este asunto. Simplemente citaré la derivación más cañí de esta arqueología pía, no sólo por ser más popular en nuestro país debido a sus recientes exhibiciones en la catedral de Turín, con visita del papa Juan Pablo II incluída, sino sobre todo por haber conseguido abrir una fisura, siquiera leve, en el mundo más próximo a lo académico. Me refiero, claro está, al fragmento de lienzo que recibe el nombre de Sábana Santa o Sindone, tan cara a integristas religiosos como a cultivadores de lo esotérico.

En 1988, la presión ejercida por un grupo de científicos y técnicos confesionalmente católicos agrupados en el STURP (Shroud of Turin Research Project), consiguió que la Iglesia otorgase autorización para la realización de pruebas de Carbono 14 sobre muestras de la sábana, a fin de dictaminar su autenticidad. Las mediciones, realizadas por tres laboratorios independientes (Tucson, Oxford y Zurich), dieron el resultado de que la sábana había sido fabricada con fibras de plantas fallecidas en el siglo XIV (Damon et al., 1989), con lo cual la reliquia se demostraba falsa.

La decepción que este resultado produjo en los medios más fanáticos hizo que de inmediato se buscasen todos los argumentos posibles, e incluso imposibles, que pudiesen poner en solfa la incómoda datación. Pronto aparecieron científicos que decían que la muestra estaba contaminada por elementos bioplásticos que rejuvenecían la edad señalada en los análisis, junto con otros más delirantes que hablaban de un bombardeo protónico, desarrollado en el momento de la resurrección de Cristo, que falseaba la fecha obtenida por los laboratorios. Pero va a ser un presunto experimento llevado a cabo por un científico ruso (un dudoso personaje al que sus antaño colegas creacionistas condenaron al ostracismo tras haber sido denunciado por utilizar citas falsas en sus obras) el que alcanzó mayor difusión y popularidad. No existe revista, libro o página web de creyentes en la Sindone en la que no se cite el experimento de Dmitri Kouznetsov.

Según éste (Kouznetsov et al. 1996), la causa de que el análisis de carbono 14 diese una fecha más reciente que la esperada por los creyentes en que la sábana había envuelto el cuerpo de Jesucristo, estaba en las repercusiones de un incendio que había afectado al paño en 1532; el calor, junto con el efecto catalizador de la plata de la caja en que estaba guardado, habría producido un incremento de C14 en las fibras del tejido, lo que se traduciría, lógicamente, en el mencionado error de datación. Así pues, Kouznetsov reprodujo en un experimento las condiciones del incendio sobre un fragmento de tela, datada previamente en el siglo I por el laboratorio de Tucson -uno de los que intervinieron en los análisis de la sábana-, introducido en una urna de plata. Los nuevos análisis realizados sobre la tela tras el experimento daban una datación del siglo XIV. Quedaba así demostrado no sólo la falibilidad del método del C14, sino también que la sábana era del siglo I, o al menos que no era medieval.

Todo habría estado muy bien, si no fuese porque el experimento de Kouznetsov resultó ser un fraude. Un fraude que, convenientemente publicitado y repetido mil veces, se transformó en una verdad. De nada vale que el laboratorio de Tucson niegue haber realizado las pruebas que pregonan los sindonólogos, ni que los científicos de dicha institución hayan publicado, en el mismo número de Journal of Archaeological Science en el que el científico ruso presentó su informe, un artículo de réplica en el que, además de rebatir sus explicaciones, señalaban que habían reproducido el experimento sin que se diesen los resultados postulados, todo lo cual indicaba un evidente fraude (Jull et al. 1996). De nada parecen haber servido tampoco los fracasados intentos de reproducción del experimento llevados a cabo tanto por instituciones científicas -como el laboratorio de C14 de la Universidad de Oxford (Hedges 1998)- como por algunos sindonólogos científicamente honrados. La falsa historia del experimento de Kouznetsov sigue germinando y expandiéndose en el favorable medio de la credulidad, sin que la evidencia sea capaz de imponerse a la mentira.

Hasta aquí, el fraude científico. Pero hay también comportamiento científico patológico en los medios arqueológicos que han tragado con la historia sin someterla a revisión y crítica; un hecho tanto más denunciable cuanto que, como hemos dicho, en la propia revista en la que se publica el falso experimento aparece también la respuesta crítica de los científicos de Tucson. No se comprende que, si no hay patológica credulidad, la publicación francesa Dossiers de l‘Archéologie, cuyo redactor jefe parece haber sido seducido por el creacionismo científico, o los responsables de la Editorial Martínez Roca, que introdujeron en un libro coordinado en 1998 por Josep Mª Fullola y Maria Àngels Petit, de la Universidad de Barcelona, y sin conocimiento de los autores, un texto sin firma en el que se critica el método del C14 a partir del falso experimento del que hablamos, puedan haber aceptado tan alegramente el fraude, tomando como únicas referencias las publicaciones integristas, e ignorando la literatura científica elaborada al respecto. Resulta preocupante ver cómo medios que eran referencia de seriedad están abriendo sus puertas a la ciencia patológica, cuando no a la pura pseudociencia.

Y no abuso más. Los ejemplos propuestos pueden ser indicativos de que hay riesgo, un riesgo que me parece evidente y nada despreciable. Los intentos de contaminar la arqueología provienen de muchas fuentes, unas aparentemente más inocentes, otras más graves, otras indudablemente peligrosas, pero ninguna inocua. Creo que sólo la atención perenne, desde un escepticismo crítico, puede evitar casos como los que hemos comentado. La pseudociencia y la ciencia patológica hacen siempre daño, y son comunes, mucho más comunes de lo que podemos pensar desde nuestros despachos. Basta abrir las ventanas y mirar a la calle para verlo. Mi propuesta es que las abramos y miremos: creo que hay mucha gente que está esperando que lo hagamos.

Continúa y termina en Arqueología, pseudociencia y ciencia patológica (Referencias)


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Comentarios

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  1. #1 elel.lina 14 de mayo de 2008

    Pseudociencia... lo que nos gusta la pseudociencia! sabe cual es el problema? que el ser humano para sentirse seguro y agusto necesita historias cerradas, un mundo fácil y comprensible; y si hablamos de historia,que actualmente parece imprescindible para sentirse identificado y ser " de algún sitio", pues también se necesita algo "cerrado" y terminado, que se adapte a nuestras necesidades "sentimentales".

    Se confunde la Historia con las historias, que son bonitas y fáciles de contar y crean adherencias, los disturbios llegan cuando un "romántico" choca con un científico, aquí esta el lío, el romático quiere leer libros donde se hagan explicaciones completas sobre los temas y que además se adapten a sus esquemas previos, el científico escribe artículos en revistas científicas y realiza ponencias en congresos sobre una investigación concreta, parte de una hipótesis nula de investigación, pero si tiene que reformularla a partir de los datos, lo hace. El romántico, busca otro autor, pero dificilmente habla de datos, porque no investiga....

    La pseudociencia, las historias, son entretenidas, el problema es cuando se pierde el norte y las hacemos credo. Difícil trabajo si señor, hacer esta diferenciación, para un aficionado, para un no científico/investigador de la historia.

  2. #2 Odón 14 de mayo de 2008

    Gran artículo Elpater!, agradecimientos y felicitaciones de un "minorío silencioso".

  3. #3 elpater 14 de mayo de 2008

    Muchas gracias, Odón. Es ya viejo, pero las cosas siguen estando parecidas o peor.
    A su disposición quedo.

  4. #4 Diocles 15 de mayo de 2008

    Lo curioso de este campo del conocimiento

  5. #5 Diocles 15 de mayo de 2008

    Lo curioso de este campo del conocimiento es que hay todo tipo de investigadores. Así como encontramos pseudocientíficos que no tienen una formación académica, también hay algunos entre los mismos profesores universitarios (como el investigador vasco mencionado en el artículo). Y también ha habido personas que empezaron como amateurs y, gracias a su talento y trabajo, aportaron cosas importantes a la ciencia. Tal es el caso de Michael Ventris, un arquitecto y aficionado a la lingüística que fue el primero en poder leer la escritura micénica. O el caso de Howard Carter, el egiptólogo más conocido por el gran público, quien fue en realidad una persona que no estudió historia o arqueología en la universidad, ya que su profesión original era la de dibujante. Quizás haya que hablar solamente de buenos y malos investigadores, sea cuál sea su origen y su status profesional. Puesto que la libertad de investigación es un derecho reconocido en nuestra constitución (artículos 20 y 44), los expertos que revisan los trabajos enviados a las revistas especializadas deberían entonces juzgarlos sin conocer previamente el nombre de su autor o autora, para que este dato no les influya en su decisión. Creo que el American Journal of Archaeology sigue esta política, por ejemplo, pero me consta que otras publicaciones no lo hacen así. Un cordial saludo.

  6. #6 Brigantinus 15 de mayo de 2008

    Los prejuicios son cosa mala, pero están ahí. Y no siempre injustificadamente.

    Imaginémonos al "imbestigador" X. Imaginemos que es conocido por sostener todo tipo de teorías a cada cual más abracadabrante. Imaginemos que en un determinado momento escribe un artículo divulgativo de contenido sensato. Y lo envía a una publicación seria. ¿Qué hacer? Una golondrina no hace verano. Y seguramente la revista A, que desea mantener una imagen de seriedad y (buen) criterio, no verá de buen grado que se la relacione con escritos de X...

    Todavía recuerdo los artículos que se gastaba la Revista de Arqueología en los primeros tiempos de Ares como director. Ese Pistilli vendiendo vikingos en Paraguay... Ahora parece que se ha moderado bastante. Aunque abundan mucho los textos sobre Historia de las Religiones o de las Ideas. O de elementos de la vida cotidiana. Lo que supone que ha ganado en capacidad divulgativa hacia el gran público, pero -a la vez- han disminuido los artículos estrictamente arqueológicos (verbigratia: que un artículo sobre la historia de los bolsillos está muy bien... pero hay gente a la que no le disgustan los que hablan de hornos cerámicos en la Cataluña romana; cosa esperable en una publicación que se dice de arqueología)

  7. #7 Brandan 16 de mayo de 2008

    Mi apreciación es que su punto de vista quizá peque de un cierto optimismo. No son la Arqueología o la Historia las únicas ramas del saber que sufren manipulación por parte de los medios de comunicación y que son utilizadas políticamente: son todas las ciencias; y en realidad, si se me apura, todas las cosas o - mejor dicho- cualquier cosa.

    Crear un Grupo Vigilante que pretenda aportar sensatez y que intente una crítica ecuánime puede ser una excelente idea, siempre y cuando no se convierta en una especie de oligarquía intelectual con sede en isla propia.

    No entraré a opinar sobre la situación de la Arqueología que usted describe, aunque mi intuición es que resulta bastante acertada. Critica la arqueología del paisaje, pero supongo que lo que en realidad critica es una especie de desviación del significado del término o que éste ha adquirido una preeminencia que no le corresponde. O puede que yo no tenga una idea exacta de su significado.

    Muy ilustrativas y simpáticas me han parecido las anécdotas de las falsificaciones. En realidad -vuelvo al optimismo- cuando se acuñó el término verdadero se acuñó el término falso; incluso puede que fuese al revés. El mundo es en sí mismo verdadero y falso a la vez -incluso me atrevo a pensar que es más falso que verdadero- y las mayores falacias pueden conducir a las mayores verdades, y viceversa, como creo que usted mismo admite.

    Por eso no se puede ser muy rígido en el juicio; y no digo que usted lo sea, conste.

    Y sin apartarnos mucho del asunto, creo que no se tiene una visión completa del problema de la arqueología si no se contempla el asunto de las colecciones privadas y las subastas. ¿Piensa que estos factores no tienen especial incidencia?

    Finalmente, si se me permite, traigo unos párrafos de Ortega y Gasset (Ideas y Creencias Creer y Pensar II La ciencia, casi poesía) sobre lo que se esbozó en los comentarios de la sección 2 de su artículo. Lo pongo aquí para intentar no volverle a usted loco contestando en seis frentes.

    “Más no entenderá bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es solo idea y no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo que se llama fantasías, imaginaciones. Pero el mundo de la fantasía, de la imaginación, es la poesía. Bien, no me arredro; por el contrario, a esto quería llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas, de su papel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la ciencia a la poesía mucho más de lo que hasta aquí se ha osado. Yo diría, si después de todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la ciencia está mucho más cerca de la poesía que la realidad, que su función en el organismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin duda, en comparación con una novela, la ciencia parece la realidad misma. Pero en comparación con la realidad auténtica se advierte lo que la ciencia tiene de novela, de fantasía, de construcción mental, de edificio imaginario.”

  8. #8 Servan 16 de mayo de 2008

     Me agrada ese comentario de Ortega. Es un pensamiento helénico, alejado de nuestra común adoración de ''la realidad material'', cosa que por lo demás en la moderna física no tiene cabida. Puede uno imaginarse un cosmos de n dimensiones, lo que se pide es que tenga coherencia interna y coherencia con los datos conocidos. No se mete con la pseudo metafísica de las ''verdades materiales''. La verdad no es competencia de la ciencia. Solo la religión reclama competencia en este campo, pero digamos que la metafísica y la religión gozan hoy día de escasa respetabilidad, como antiguas cocotes de quienes todos conocen sus deslices.

  9. #9 Brandan 17 de mayo de 2008

    Después de ver los vídeos y escuchar a elpater, creo que mi comentario sobre la oligarquía intelectual queda bastante fuera de lugar. Estoy seguro de que huiría inmediatamente de algo que encajase en ese concepto.

    Sobre las colecciones etcétera puede evitar contestarme, comprendo que por su trabajo puede resultar comprometido.

    Sobre la cita sí me gustaría conocer su opinión.

  10. #10 elpater 19 de mayo de 2008

    ¡Ay, don Brandán! Ese Elpater que ha visto no es más que una sombra del pasado. ¿Dónde, hoy, ese pelo casi negro? Más aún: ¿dónde, hoy, ese pelo? ;-)

    Lo de las colecciones y subastas no se lo acabo de entender. En su relación con las pseudociencias, digo, que es de lo que iba el rollo. Sea como sea, es un mundo que desconozco por completo y que me cae muy, pero que muy lejano. Como mucho, me asombra, porque creo que carezco del menor impulso coleccionista. Si comenta usted algo de eso que le bulle en la cabeza, seguro que todos aprendemos algo.

    En cuanto a la frase de Ortega, nada que objetar. Creo que así es, y tal vez en ello resida la belleza de la ciencia y del conocimiento en general. A falta de conocer lo anterior, a lo que Ortega hace referencia, me viene a la cabeza una frase de Einstein (si es que es suya, vamos):

    “La experiencia más bella que podemos tener es la del misterio. Es la emoción fundamental que se encuentra en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Aquel que no lo sabe y no pude hacerse preguntas, no puede maravillarse, es como si estuviera muerto y con los ojos tapados”.

    Creo que también va por ahí el libro de Dawnins "Destejiendo el arco iris" o algo parecido. Yo no lo leí, pero de lo que me comentaron próximos que lo han hecho es lo que deduzco.

  11. #11 Brandan 19 de mayo de 2008

    ¿Pelo? Está sobrevalorado.

    Yo también me confieso incapaz de coleccionar nada, excepto fotos. Al final he puesto algo en el apartado 1 (creo), donde le habían hecho a usted otro comentario. Debe disculparme.

    Celebro que no me objete a Ortega. Aunque quizá habría que ir algo más allá:

    "Ignoramos el fin de la Naturaleza, que para nosotros es la verdad dominadora de todas las demás. Pero, por el tenor mismo de esa verdad, para mantener en nuestra alma el ardor de su investigación, es necesario que la creamos grande. Y si un día tenemos que reconocer que nos hemos extraviado, que es pequeña e incoherente, descubriremos su pequeñez gracias a la animación que nos había dado su presunta grandeza, y cuando esa pequeñez sea indudable, ella misma nos enseñará lo que debemos hacer. Entretanto, para correr en su busca no es exagerado poner en movimiento todo cuanto de más poderoso y audaz posean nuestra razón y nuestro corazón. Y aun cuando la última palabra resultara miserable y mezquina, no sería poco haber puesto en claro la pequeñez y la inutilidad del objeto de la Naturaleza."

    http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/OtrosAutoresdelaLiteraturaUniversal/Maeterlinck/LaVidadelasAbejas/libroquinto.asp

    MAURICE MÆTERLINCK
    LA VIDA DE LAS ABEJAS - Libro V

     

  12. #12 Brandan 02 de jun. 2008

    Le supongo ocupado en la Poliorcética, Elpater.

    Me permito trasladar otros parrafillos de Ortega y Gasset (no es mala cosa convergir aquí, pienso yo) de la obra mencionada, que creo que podrían favorecer la comprensión de lo que se habla.

    "El hecho de que las ideas científicas tengan respecto a la realidad compromisos distintos de los que aceptan las ideas poéticas y que su relación con las cosas sea más prieta y más seria, no debe estorbarnos para reconocer que ellas, las ideas, no son sino fantasías y que solo debemos vivirlas como tales fantasías, pese a su seriedad. Si hacemos lo contrario, tergiversamos la actitud correcta ante ellas: las tomamos como si fuesen la realidad, o, lo que es igual, confundimos el mundo interior con el exterior, que es lo que, un poco en mayor escala, suele hacer el demente.

    Refresque el lector en su mente la situación originaria del hombre. Para vivir tiene este que hacer algo, que habérselas con lo que le rodea. Mas para decidir qué es lo que va a hacer con todo eso, necesita saber a qué atenerse respecto a ello, es decir, saber qué es. Como esa realidad primaria no le descubre amistosamente su secreto, no tiene más remedio que movilizar su aparato intelectual, cuyo órgano principal -sostengo yo- es la imaginación. El hombre imagina una cierta figura, o modo de ser la realidad. Supone que es tal o cual, inventa el mundo o un pedazo de él. Ni más ni menos que un novelista por lo que respecta al carácter imaginario de su creación. La diferencia está en el propósito con que la crea. Un plano topográfico no es ni más ni menos fantástico que el paisaje de un pintor. Pero el pintor no ha pintado su paisaje para que le sirva de guía en su viaje por la comarca, y el plano ha sido hecho con esa finalidad. El “mundo interior” que es la ciencia, es el ingente plano que elaboramos desde hace tres siglos y medio para caminar entre las cosas. Y viene a ser como si nos dijéramos “Suponiendo que la realidad fuese tal y como yo la imagino, mi comportamiento  mejor en ella y con ella debería ser tal y tal. Probemos si el resultado es bueno.” La prueba es arriesgada. No se trata de un juego. Va en ello el acierto de nuestra vida. ¿No es insensato hacer que penda nuestra vida de la improbable coincidencia entre la realidad y una fantasía nuestra? Insensato lo es, sin duda. Pero no es cuestión de albedrío. Porque podemos elegir -ya veremos en qué medida- entre una fantasía y otra para dirigir nuestra conducta y hacer la prueba, pero no podemos elegir entre fantasear o no. El hombre está condenado a ser novelista. El posible acierto de sus fantasmagorías será todo lo improbable que se quiera; pero, aun así, esa es la única probabilidad con que el hombre cuenta para subsistir. La prueba es tan arriesgada que esta es la hora en que todavía no ha conseguido con holgada suficiencia resolver su problema y estar en lo cierto, o acertar. Y lo poco que en este orden ha conseguido ha costado milenios y milenios y lo ha logrado a fuerza de errores, es decir, de embarcarse en fantasías absurdas, que fueron como callejones sin salida de que tuvo que retirarse maltrecho. Pero esos errores, experimentados como tales, son los únicos points de repére que tiene, son lo único verdaderamente logrado y consolidado. Sabe hoy que, por lo menos, esas figuras de mundo por él imaginadas en el pasado no son la realidad. A fuerza de errar se va acotando el área de posible acierto. De aquí la importancia de conservar los errores, y esto es la historia.

    En la existencia individual lo llamamos “experiencia de la vida” y tiene el inconveniente de que es poco aprovechable porque el mismo sujeto tiene que errar primero para acertar luego, y luego es, a veces, demasiado tarde. Pero en la historia fue un tiempo pasado quien erró y nuestro tiempo quien puede aprovechar la experiencia."

     

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