Autor: Rexhispaniae
jueves, 24 de mayo de 2007
Sección: Historia
Información publicada por: Rexhispaniae


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Doña Blanca de Borbón y Medina Sidonia

DOÑA BLANCA DE BORBÓN, LA REINA QUE MURIÓ EN MEDINA SIDONIA En el año 1.859, Mariano Pardo de Figueroa, conocido en círculos literarios como el Doctor Thebussem, promovió la colocación de una lápida en la torre de Doña Blanca, torre albarrana perteneciente al recinto amurallado, donde estuvo encerrada y murió la esposa de Pedro I. En esta lápida que redactó el historiador Modesto Lafuente encontramos la siguiente inscripción: En esta torre estuvo presa y acabó sus días a manos del ballestero Juan Pérez de Rebolledo, en el año 1361, la virtuosa y desventurada reina Doña Blanca de Borbón, esposa de Don Pedro de Castilla. Esta placa, que originalmente tenía las letras sobredoradas y que en la actualidad es ilegible, provocó una erudita polémica entre el Doctor Thebussem y un vecino de Jerez de la Frontera, que apareció plasmada en la Revista Jerezana. También en la localidad de Jerez de la Frontera estuvo encerrada Doña Blanca y litigaban sobre donde había muerto, si en Medina Sidonia o en Jerez. Pero no sólo era motivo de polémica el lugar de su muerte, sino también su propia forma de morir, pero estas cuestiones las abordaremos más adelante. Antes de la subida al trono de Pedro I ya se hicieron los primeros intentos por casar al joven futuro rey. La primera vez fue en 1335, cuando Don Pedro no había cumplido el año de edad. Eduardo III de Inglaterra envió una embajada para renovar las alianzas entre Castilla e Inglaterra y a la vez proponer el matrimonio de Don Pedro con su hija Isabel. Este primer compromiso matrimonial fue rechazado por Alfonso XI, ya que consideraba este enlace muy prematuro. En 1342 Inglaterra volvió a proponer una nueva alianza matrimonial con otra de sus hijas, y se eligió a Juana. El tratado fue firmado en 1345. Un mes antes, Francia y Castilla habían firmado un acuerdo de alianza que contemplaba además la boda de Don Pedro con Doña Blanca de Navarra, pero no se pudo llevar a buen término por la negativa de la dama a casarse por segunda vez (era viuda de Felipe de Valois). De esta forma se concertó poco después el matrimonio con una princesa inglesa. Pero un grave contratiempo impedirá que esta unión se realice, ya que la joven princesa morirá dos años después (1348). Si el rey Eduardo III tenía más hijas, ¿por qué no se eligió a otra princesa inglesa? Aquí jugó un importante papel la corte que rodeaba a Don Pedro, empezando por su entorno familiar con la reina madre Doña María de Portugal al frente. El Papa Clemente VI de Aviñón, en connivencia con Juan II de Francia, envió en 1350 una serie de misivas a la reina y a la corte castellana en las que trataba la conveniencia de una alianza matrimonial entre Francia y Castilla que reforzase el pacto político ya existente. El interés de este enlace matrimonial no era en vano. La Guerra de los Cien Años había comenzado en 1339. Esta guerra, que se desarrolló en varias fases, fue un conflicto en el que confluían intereses territoriales y patrimoniales, rivalidades de linaje y hegemonía dinástica (E. Sarasa). Este conflicto no solo afectó a Francia e Inglaterra, sino que arrastró a otros soberanos de forma directa, mediante tratados y alianzas a favor de uno u otro bando. Muchos quieren ver el origen de este enfrentamiento en la conquista normanda de Inglaterra de 1066, que había sometido a los ingleses en forma de Feudalismo, manteniendo relaciones de vasallaje con la monarquía francesa. Pero también se encuentran causas de tipo económico, como la obtención del control de la ruta comercial con Flandes y su floreciente industria de paños, controlada inicialmente por los ingleses y que los franceses empiezan a presionar; causas de tipo político, como las aspiraciones inglesas al trono francés; o de tipo social, como es el aumento del poder de la monarquía frente al de los señores feudales y conseguir su sometimiento a la corona, apoyándose en un creciente nacionalismo y en una nueva clase social, la burguesía. Este gran conflicto entre naciones acabó afectando a conflictos de carácter civil en países aliados de uno u otro bando, como sucedió en el caso de la guerra entre Pedro I y Enrique de Trastámara (su hermano bastardo) por la posesión del trono de Castilla. En un ambiente político como el europeo era importante encontrar alianzas adecuadas a los intereses de Castilla. Aprovechando la reunión de las Cortes en Valladolid en 1351, se presenta una embajada francesa para acordar el matrimonio de Don Pedro. Se organiza una legación que viajará hasta París con un poder especial para negociar el matrimonio del rey con una de las hijas del Duque de Borbón, pariente del rey francés (se acuerda que sea la mayor de ellas). Además del contrato matrimonial, se iba a negociar la confirmación del antiguo tratado firmado entre Castilla y Francia en 1345, pero con la exclusión de las cláusulas relativas a Doña Leonor de Guzmán, amante de Alfonso XI, y sus hijos, hermanastros de Don Pedro. Un hecho curioso es que, a pesar de ir a solicitar la mano de Doña Blanca de Borbón, la delegación castellana volvió a reiterar la petición que ya hiciera a Doña Blanca de Navarra en 1345, pero ella volvió a rechazarla por los mismos motivos. Se desconoce la explicación a este suceso, pero algún reparo pusieron los miembros de dicha delegación a Blanca de Borbón. A pesar de todo, el 2 de julio de 1352 se firma la nueva alianza política y el contrato matrimonial, que son aprobados el 7 de julio por Juan II de Francia y el 4 de noviembre en Castilla por Pedro I. El contrato matrimonial expresaba en términos generales los siguientes puntos: El rey de Francia se comprometía a pagar una dote de 300.000 florines de oro, pagados en plazos de la siguiente manera: 25.000 florines en la siguiente Navidad. 25.000 florines al salir Doña Blanca de Francia. 50.000 florines cada año el día de Navidad hasta completar los 300.000 florines de oro. El rey de Castilla entregaba las villas de Arévalo (Ávila), Sepúlveda, Coca (Segovia) y Mayorga (León), así como sus rentas. Si la cifra de dichas rentas no alcanzaba las que poseía la reina madre del rey de Castilla, se debían entregar otros lugares hasta completarlas. Si Doña Blanca moría sin sucesión el rey de Castilla debía restituir al de Francia la suma de florines recibida como dote, y las villas que Castilla donara a la reina volverían de nuevo a la corona. En la elaboración de este contrato, en su firma, así como en el pago de las sumas estipuladas y en la vigilancia del cumplimiento de las cláusulas, no intervino el padre de Blanca de Borbón. Todas las gestiones corrieron a cargo del rey francés, así como la dotación de un rico ajuar que trajo con ella a Castilla. ¿Qué se conseguía con esta alianza? Durante la ya mencionada Guerra de los Cien Años parte de las acciones militares y de estrategia económica tenían lugar en el mar. Era de vital importancia el control del Canal de la Mancha, lugar frecuentado por el comercio marítimo entre Flandes y gran parte de la Europa Meridional, como era el caso de los marinos genoveses, grandes usuarios de esta ruta. La flota amarrada en el Cantábrico y perteneciente a la corona de Castilla, era un elemento importante para los intereses de Francia. Esta flota era continuamente atacada por los ingleses ya que Castilla exportaba sus lanas a Flandes y esto suponía una competencia importante para la naciente industria lanera inglesa. Por su parte, la cuantiosa dote entregada al rey de Castilla era una fuente de ingresos que cubriría sus necesidades económicas para financiar las luchas dentro de la corona de Castilla y con el reino de Aragón. Tras la firma de los contratos matrimoniales y las alianzas políticas, se inicia una maniobra calculada por el rey francés para no hacer frente al primer pago de 25.000 florines el día de Navidad. Retrasa intencionadamente la salida de Blanca de Borbón de Francia, que tiene lugar en el mes de noviembre. Su viaje se va desarrollando en numerosas escalas hasta llegar a Valladolid, parando en Bagnols, Nimes y Narbona, donde celebra la Navidad retenida allí por el rey de Francia. Es en Narbona donde tiene lugar el encuentro entre embajadas para requerir el pago y la ratificación de los acuerdos firmados por ambos reyes, pero ni está el pago acordado, ni el documento firmado por Pedro I. Castellanos y franceses se hacen responsables unos a otros, y Doña Blanca continúa viaje hasta Aviñón para visitar al nuevo Papa Inocencio VI. En enero de 1353 llegó a Barcelona y en febrero a Valladolid. Blanca de Borbón tardó siete meses en llegar a Castilla desde que se firman los acuerdos matrimoniales. Pedro I, por su parte, se sentía engañado ante las maniobras del rey francés. Durante los contactos franco-castellanos de 1352, el rey ya había conocido a su más famosa amante, Doña María de Padilla. Siempre tuvo predilección por ella ya que la conoció siendo él muy joven y pronto supuso una gran influencia para él, lo mismo que los miembros de la familia Padilla, entre los que destaca Don Juan de Hinestrosa, tío de la Padilla y sucesor de Alburquerque como mano derecha del rey. Desde que llegó Doña Blanca a Valladolid hasta que se celebró la boda, pasaron cuatro meses. Muchos han querido ver en la reticencia del rey a separarse de la Padilla la causa del retraso. Pero este no era el caso ya que un año después se casa con Doña Juana de Castro tras conseguir que los obispos de Ávila y Salamanca declararan nulo su matrimonio. Después de cuatro meses de espera no se había podido solucionar el problema del pago de la dote de Doña Blanca, y el rey francés se negaba a realizar el primer pago convenido el día de Navidad, entregando únicamente los 25.000 florines correspondientes a su salida de Francia. Tampoco Don Pedro había entregado la ratificación firmada de los acuerdos, y seguía con su amante que ya le había dado su primera hija. A pesar de todo la boda se celebró el día 3 de junio de 1353, tras las presiones de la reina madre y de Alburquerque. Es necesario aclarar que para la reacción que tuvo Pedro I, dos días después de la boda, no hay datos exactos, y el cronista de la época, Ayala, tampoco narra el motivo que llevó a Don Pedro a abandonar a su esposa y a no convivir con ella nunca. Se divulgaron historias y romances en torno a la reputación de Doña Blanca, en las que se afirmaban que su marido la había abandonado porque durante el camino desde Francia hasta Valladolid había sido amante de Don Fadrique, hermano bastardo del rey. También se alegó el amor tan grande que sentía por María de Padilla, pero tampoco es explicación suficiente ya que como mencionamos anteriormente, el rey se casó un año después. La explicación puede estar en la correspondencia que mantuvo el Papa Inocencio VI, que se erigió como único defensor de Doña Blanca, con el rey Don Pedro. El Papa exhortaba al rey a que volviera con su esposa, y éste alegaba en sus misivas que la reina le había hecho ciertas confesiones por las que no podía continuar con el matrimonio al sentirse el rey engañado. En estas cartas, el Papa considera sus razones como frívolas y que la confesión de la reina había sido obtenida a la fuerza, por lo que no lo consideraba suficiente. Don Pedro se había casado por las fuertes presiones a las que estaba sometido por parte de su familia, su valido y por la presencia de la delegación francesa en Valladolid, además de las alianzas firmadas con el rey de Francia. Pero al quedarse solos los novios es probable que ella le confiase, pensando que ya era su mujer y que no tenía nada que perder, que el rey de Francia no disponía de capital suficiente para hacer frente al pago de la dote, y a eso se debía el retraso intencionado de su salida y las continuas escalas en el viaje hasta Valladolid. Y corrobora esta creencia el hecho de que Don Pedro nunca entregara a Doña Blanca las villas y las rentas que se habían pactado y que Juan II nunca reclamara la devolución de los bienes de ella, que acudió a Castilla con un rico ajuar pagado por el rey francés. El abandono de la reina provocó un auténtico enfrentamiento civil en el seno de la corona de Castilla, que dividió al país en dos bandos: el bando del rey, al que se unen sus hermanos Enrique y Tello y los infantes de Aragón, con la promesa de enormes favores; y el bando de la reina madre y Alburquerque al que se unieron numerosos nobles castellanos. Es curioso señalar que Juan II nunca protestó abiertamente por el abandono de Doña Blanca y nunca intercedió por ella. El único que mantuvo la lucha a favor de la causa de la reina fue el Papa Inocencio VI. Pero sus intentos fueron inútiles y ni la excomunión del reino de Castilla tras la boda de Don Pedro con Doña Juana de Castro, incidieron en la actuación del rey. El poder del Papado había ido transformándose desde que en 1305 y tras el Cisma de Occidente existieran dos Papas, uno en Roma y otro en Aviñón a las órdenes del rey de Francia. Se produce un deterioro de la figura del Sumo Pontífice, que se suma al avance del espíritu laico en la sociedad del siglo XIV, preludio del Humanismo. El Papa de Aviñón se convirtió en el auténtico jefe de un estado con poder económico y social, más que religioso y moral. La Iglesia acabó aliándose a los nobles, a los hermanastros del rey, Enrique y Tello y a la corona de Aragón en una guerra en la que el rey Don Pedro contaba con la ayuda de Hinestrosa y los Padilla, y el poder emergente de una burguesía ciudadana que empezaba a reclamar sus derechos, frente a la crisis en la que entra el régimen señorial, que favorecerá la mayor influencia del poder real apoyado en esta nueva clase social. Tras ser repudiada, Doña Blanca vivió una temporada en Medina del Campo con la reina madre. Pero cuando se produce la rebelión nobiliaria en Castilla es confinada por orden del rey en Arévalo y luego en Toledo. Mientras, la correspondencia de la reina con el Papa continúa, y en ella se daba a entender que Don Pedro sometía a Doña Blanca a grandes privaciones. Este hecho, falso completamente, es utilizado como arma para sublevar a los habitantes de Toledo y ponerlos a favor de la causa de Blanca de Borbón y de la facción nobiliaria que la defiende. Blanca de Borbón estuvo muy bien asesorada. Supo ganarse el favor de los toledanos mediante estas falsas declaraciones que rápidamente se hicieron públicas. Desobedeciendo a su esposo, abandonó el Alcázar, donde estaba confinada y se refugió en la Catedral desde donde organizó la campaña de desprestigio contra su marido y enviando todo el dinero que podía al bando que representaba sus intereses. El número de adeptos a su causa aumentaba y volvió al Alcázar, ya que se sentía más segura de su posición en el reino. Pedro I es hecho prisionero en Toro, donde tiene que firmar una serie de capitulaciones que le impone la nobleza. Consigue huir con la ayuda de su tía Doña Leonor, y los infantes de Aragón, a los que promete numerosas posesiones. La guerra se recrudece por las ansias de venganza de Don Pedro, con la persecución y matanza de numerosos partidarios del bando de Doña Blanca. Muchos de ellos se exilian a Francia y Aragón desde donde el hermanastro del rey, Don Enrique, organizará un ejército que más tarde se unirá a Du Guesclín, y con su ayuda obtendrá el trono de Castilla tras asesinar a Don Pedro en Montiel en 1369. Entre 1355 y 1359 Doña Blanca es confinada en el castillo de Sigüenza. Durante estos años se desarrolla otra guerra que viene a sumarse a la situación insostenible dentro de Castilla. Aragón y Castilla se enfrentan a causa de numerosos agravios: Cuestiones territoriales (reino de Valencia), acogimiento de rebeldes castellanos por la corona de Aragón, pugna por los pastos de la Mancha o el despecho de los infantes de Aragón por haber sido engañados por Pedro I. Pero el desencadenante es un incidente que sucedió en Sanlúcar de Barrameda, donde unos marinos genoveses (aliados de Castilla) son atacados por un almirante aragonés. Como arreciaba la guerra contra Aragón, la reina Doña Blanca es trasladada a Jerez de la Frontera, para evitar que fuera liberada por el bando aragonés y volviera a ser la bandera de su causa. En Jerez de la Frontera existe otra torre de Doña Blanca, entre Jerez y el Puerto de Santa María, en la carretera hacia el Portal. Esta torre es actualmente más conocida por la presencia de un importante yacimiento fenicio en su entorno, que por haber sido la prisión de la reina castellana. En 1361 es trasladada nuevamente, esta vez a Medina Sidonia. Éste sería el último viaje de su vida porque al poco tiempo murió en esta localidad. Doña Blanca suponía en este momento una pieza más de la guerra que sostenían los dos Pedros (Pedro I y Pedro IV de Aragón). Era de vital importancia su alejamiento a tierras fronterizas, lo más alejadas posible del escenario de los enfrentamientos y Andalucía, en general, se había mantenido en el bando de Don Pedro. En estos momentos, Medina Sidonia era una plaza fuerte, un castillo sobre un cerro que dominaba kilómetros a la redonda, estratégicamente situado para divisar la costa y la sierra, la campiña y el estrecho. Era una guarnición militar y una población que no llegaba a los 200 habitantes, viviendo en una zona de frontera siempre peligrosa a pesar de las eventuales alianzas con el reino de Granada. Arrebatada a Doña Leonor de Guzmán a la muerte de Alfonso XI, y convertida por Pedro I en villa de realengo, disfrutó de exención de diezmos y portazgo, concedido por Sancho IV en 1288 y confirmado por Pedro I, restaurando la costumbre de que sea el Concejo el que elija a sus cargos. Durante unos años mantuvo estos privilegios, pero la necesidad de moneda para sufragar las guerras en las que estaba envuelto hizo que gravara nuevamente con impuestos a la villa de Medina Sidonia. Doña Blanca vivió poco tiempo en Medina Sidonia, donde encontró la muerte a los veinticinco años. Es probable que fuera de muerte natural, ya que poco tiempo antes había solicitado a los monjes del Monasterio de San Francisco en Jerez de la Frontera un sitio para ser enterrada. Debía estar muy enferma para preocuparse por estos detalles, sobre todo si tenemos en cuenta que desde que llegara a Castilla había sido continuamente trasladada y esta falta de estabilidad le impediría pensar en un lugar determinado para ser enterrada, sobre todo estando tan alejada de su familia. Existen otras teorías sobre su muerte que pueden ser igualmente válidas, ya que Pedro I había dado muerte y perseguía a todos sus enemigos sin importarle su rango o parentesco. Y no parece descabellado que si una vez Doña Blanca había sido el estandarte de la causa contra Pedro I, volviera a serlo ahora. Y viendo inminente el peligro que corría su vida, bien podía haber solicitado ser enterrada en el Monasterio de San Francisco sabiendo que le sucedería lo mismo que a otros miembros de la familia real. Unos dicen que murió asaeteada a manos del ballestero Juan Pérez de Rebolledo, otros que por unas hierbas que su médico le hizo tomar. Lo cierto es que nunca imaginó lo desgraciada que iba a ser su vida. Fue un mero peón en el tablero de Castilla donde señores poderosos se resistían a perder su antiguo poder y el rey ansiaba gobernar con autoridad absoluta. Vivió en un reino en el que las intrigas, los asesinatos, los cambios de bando y la guerra eran asuntos cotidianos. Doña Blanca tuvo que aprender rápido y sacar partido de su desfavorable situación. Durante un corto periodo de tiempo consiguió poner de su parte a los grandes señores que más tarde la abandonaron a su suerte. Sólo el Papa le prestó su apoyo en todo momento, y hasta el final pidió auxilio para la desafortunada reina. Pero el mundo occidental estaba sumido en la guerra, el hambre y las epidemias de peste. Ni el rey Juan II de Francia, ni su padre se acordaron de ella. Sólo su hermano, cinco años después de su muerte, quiso vengarla en lo que se convirtió en una campaña más de la Guerra de los Cien Años, que en aquel momento se desarrollaba en Castilla. La lucha fratricida entre Enrique de Trastámara y Pedro I pone fin a un reinado marcado por la guerra, la muerte, la enfermedad y el miedo. Gracias y Saludos a todos dsd Cái Rexhispaniae


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