Autor: Inés Sastre Prats (Editado por Carpetano-Vettonic
viernes, 27 de octubre de 2006
Sección: De los pueblos de Celtiberia
Información publicada por: Carpetano-Vettonico
Mostrado 20.181 veces.


Ir a los comentarios

LA ESTRUCTURA SOCIAL DEL NW PENINSULAR PRERROMANO: ORFEBRERÍA CASTREÑA, ORO Y ESTRUCTURA SOCIAL

En general, se tiende a considerar que la existencia de una rica orfebrería. en oro o en plata, es siempre un signo evidente de la existencia de aristocracias. Es más, habitualmente, este presupuesto actúa como eximente de la necesidad de integrar la explicación del significado social de estos conjuntos en el contexto general del registro arqueológico de las comunidades en cuestión. Frente a esto es necesario, por lo tanto, afrontar el análisis de la joyería castreña en el contexto de estas sociedades segmentarias.

En general, se tiende a considerar que la existencia de una rica orfebrería. en oro o en plata, es siempre un signo evidente de la existencia de aristocracias. Es más, habitualmente, este presupuesto actúa como eximente de la necesidad de integrar la explicación del significado social de estos conjuntos en el contexto general del registro arqueológico de las comunidades en cuestión. Frente a esto es necesario, por lo tanto, afrontar el análisis de la joyería castreña en el contexto de estas sociedades segmentarias. La orfebrería castreña exige un estudio integral que sólo ha empezado a realizarse en los últimos años (Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1998; Perea y Armbruster. 2000). Esa integridad incluye, por supuesto, tanto las relaciones sociales de producción en las que se articulan las técnicas de obtención y manufactura del oro como el estudio de la función social que las piezas adquieren en su proceso de uso. Lo fundamental en este sentido es el contexto social en el que esas técnicas se generan y esa función cobra sen­tido. Y, en esta línea, es necesario afirmar que la fabricación y extracción del oro por las comunidades astures y galaicas sólo puede entenderse en el marco de formas de organización social y de la producción segmentarias, en las que lo que se pone de manifiesto ante todo es el peso de la comunidad como estructura de poder, por encima de la existencia de formas de desigualdad. Parece claro que las comunidades prerromanas del Noroeste sólo extrajeron oro de los placeres fluviales, aplicando la técnica de bateo. Los otros tipos de yacimientos auríferos, ya sean de carácter primario (en roca) o secundario (aluvionares) sólo se pusieron en explotación bajo la dominación romana (1).Esta extracción del oro de los ríos es descrita por Estrabón al hablar de los ártabros (Str. III, 2, 9) Y tiene un paralelo etnoarqueológico muy claro en la labor que hasta hace relativamente poco tiempo llevaban a cabo las llamadas aureanas de la cuenca del Sil (Vázquez Varela, 1995). No es necesario entrar ahora en los detalles técnicos, estudiados por F. J. Sánchez-Palencia (1989; 1997; Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1998), pero si poner de manifiesto que este tipo de extracción aurífera posee el carácter de una "actividad estacional y complementaria en el quehacer doméstico" que no supera una "esfera de autoconsumo". Realmente, más que una actividad "productiva" podría considerarse como una actividad recolectora realizada fundamentalmente en verano, cuando las corrientes son más suaves y se ha depositado el oro arrastrado durante los momentos de más competencia (Sánchez-Palencia, 1983b; Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1998, 238-239). La explotación del oro de los ríos era, sin embargo, suficiente para sostener la producción orfebre castreña. "Puede convenirse que, aplicando las estimaciones más optimistas [150 gr. por aureana y por campaña], la materia prima necesaria para las piezas de pequeño peso, hasta uno o dos centenares de gramos, estaría al alcance del trabajo de un individuo durante uno o dos años, y que para las más pesadas se requeriría la aportación del trabajo anual de varios individuos o el de uno solo durante varios años. En cualquier caso, todo estaría al alcance de un colectivo castreño, medio (castro de 1 Ha con 150-200 individuos)" (Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1998, 239). Este tipo de explotación explica también que la distribución de las piezas de orfebrería castreña se corresponda claramente con áreas periféricas y próximas a ríos, y muestre una escasez relativa en zonas con yacimientos primarios o aluvionares consolidados (Sánchez-Palencia, 1995, 146; ver fig. 2). Aparte de demostrar claramente la localidad de la producción, esta distribución pone de manifiesto que el oro aparece como un recurso más de los que integran el territorio de las comunidades castreñas, más importante en aquellas que lo tienen más cerca. Pero además y fundamentalmente, el oro se presenta como un recurso relativamente accesible o, dicho de otra manera, de relativamente difícil restricción social. El ca­ácter "recolectar" o incluso, familiar, de su producción -que en el caso de las piezas más grandes pudo depender de la colaboración comunitariaunido a su carácter "extensivo", sin que se produzca la explotación de yacimientos en roca o aluvionares (frente a la intensificación de la producción que supone la actividad minera protoindustrial romana), parece claramente ajeno, como todo el registro arqueológico castreño, a formas de coerción que se impongan sobre el nivel comunitario y rompan la unidad local de producción y consumo. Las mismas conclusiopes se extraen del análisis de la actividad orfebre. Se trata de una joyería fabricada sobre todo en oro, con decoraciones geométricas o animalísticas, siempre muy estilizadas. Técnicamente, la joyería castreña combina la herencia del Bronce Atlántico (fundición a la cera perdida) y la influencia mediterránea (soldadura con filigrana y granulado), es decir, técnicas bastante sofisticadas que requieren una mínima especializa­ción (Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 37). Ahora bien, su desarrollo es perfectamente coherente con las unidades metalúrgicas definidas en cada castro, de modo que puede hablarse de una producción doméstica de la orfebrería. No existen rasgos de vinculación de especialistas a centros o grupos de poder, algo que es común en general a la metalurgia de la Edad del Hie­rro europea (Ehnmreich, 1995, 36-37). La orfebrería es, por lo tanto, perfectamente concebible en el contexto social y tecnológico definido en el apartado anterior para la actividad metalúrgica castreña en general. Además, todo esto explica que el metalúrgico, a pesar de su alto nivel de conocimientos -copelación de plata, laminado de bronce sobre molde de arcilla, etc.-, se mantenga siempre por debajo de sus capacidades técnicas. Las exigencias de la comunidad no favorecen el "progreso" técnico (Fernández-Posse y otros, 1993; Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 35-43) Por lo tanto, si la extracción y manufactura del oro sólo se entienden en el marco de la comunidad-castro, es necesario interpretar también la función social de la orfebrería castreña en ese mismo contexto social. Esto no implica, por supuesto, una interpretación lineal o plana de este tipo de registro arqueológico. Al igual que la ambigüedad del registro espacial parece ser el resultado de las tensiones conflictivas regidas por la existencia de formas de desigualdad, la orfebrería debe interpretarse en ese mismo contexto conflictivo, en el que parece imponerse el peso de la comunidad y se produce la ocultación de esa desigualdad sin clases. Recientemente, Perea y Armbruster han definido los torques como una "inversión comunitaria, un seguro colectivo ante situaciones de incertidumbre", que carece de sentido individual y pudo actuar de emblema ideológico de los diferentes grupos castreños (Perea y Armbruster, 2000, 111). Esto es así, al menos, por dos razones: porque son necesariamente resultado del trabajo común en la recolección del oro y porque parece que se vinculan arqueológicamente con los asentamientos Lamentablemente pueden extraerse pocos datos del contexto arqueológico de la mayoría de las piezas o conjuntos por la sencilla razón de que ese contexto no se conoce ya que los descubrimientos se deben bien a la casualidad bien a la rapacidad de los furtivos. Esto limita en gran medida las conclusiones sobre el uso de la orfebrería y su significado social. Los hallazgos mejor documentados indican que los conjuntos se encontraban en castras o en la cercanía de estos y en depósitos realizados como ocultamientos. En el caso de las piezas aisladas, siempre cabe recurrir a su vinculación con prácticas votivas o rituales, pero estas interpretaciones no dejan de ser meras suposiciones (Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 56-57). Sea como sea, la vinculación de las piezas con los castras vuelve a resaltar la importancia de la comunidad 10cal36 y la ausencia de todo rasgo (material) de individualización, tanto de personajes como de grupos, es notable Esta forma de manifestarse arqueológicamente la orfebrería castreña es un rasgo más del proceso de formación de comunidades agrarias segmentarias que define la aparición de la Edad del Hierro y que contrasta marcadamente con lo documentado para el Bronce Final. Los hallazgos del Bronce se caracterizan por resultar inconexos y por la ausencia casi total de los restos materiales originados por el proceso tecnológico de producción. No existe una ocupación especializada del espacio, no hay talleres de fundición, solamente se documentan "tesorillos de orfebre o de fundidor". Por otro lado, se han localizado al menos dos tipos de restos votivos o ceremoniales: depósitos de objetos metálicos en lechos de ríos (como las espadas de Cea y Vediguilla de Orbigo, León) y hallazgos de calderos o ganchos de carne (por ejemplo los de Lois, León) (Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 30). La inserción de la actividad metalúrgica y de la extracción del oro en el ámbito de la comunidad, la vinculación de los depósitos con los asentamientos, etc. son rasgos del cambio que supuso el proceso de formación del mundo castreño. Hay que poner también de manifiesto que si realmente es correcta la vinculación mayoritaria entre tesoros-ocultamientos-conquista romana, se daría la aparente paradoja de que la orfebrería sólo se hace visible arqueológicamente cuando es forzosamente sustraída de su contexto social normal en un momento de crisis total y ocultada a los ojos de sus contemporáneos. Esto puede resultar doblemente interesante si se considera que este es un momento teóricamente óptimo para la formación de auténticas aristocracias que pudieron haber tendido a monopolizar un recurso como la joyería, sin duda bastante cargado ideológicamente. Uno de los casos más espectaculares de esta práctica es el tesoro de Arrabalde, Zamora. Este ocultamiento se relaciona con el Castro de Las Labradas, asentamiento cuya fase de ocupación más importante se data a fmales de la plena Edad del Hierro, es decir, en la segunda mitad del siglo I a.C. (Delibes y otros, 1996, 12). Este castro se localiza en el área astur meseteña que, como se vio en el apartado anterior, forma parte con el Norte de Portugal de ese grupo de territorios en los que se detecta la aparición de formas de concentración de la población y de centralización territorial antes de la conquista. Pero, por encima de eso, Las Labradas parece responder a decisiones locacionales vinculadas a la guerra de conquista romana. Así lo ponen de manifiesto sus potentes construcciones defensivas, las grandes obras posiblemente para almacenamiento de agua, la relativa inaccesibilidad respecto a zonas de explotación agraria y su gran tamaño en comparación con otros castros meseteños y del Noroeste. Esto ha llevado a pensar que se trata de un reducto para una importante masa de población astur (Delibes y otros, 1996, 5-13). La interpretación de los procesos de cambio que reflejan asentamientos como el castro de Las Labradas pertenece ya a la discusión sobre el impacto de la presencia romana en el territorio astur. Pero tal vez resulte interesante adelantar que la desaparición de la tradicional "independencia" de las comunidades y su probable fusión en asentamientos tipo Las Labradas no puede desvincularse del proceso de jerarquización, materialmente visible en esta zona del área astur, posiblemente también beneficiado por la situación de crisis. Las joyas, sin embargo, se acumulan formando un heterogéneo conjunto y se ocultan. La protección de la comunidad se ve posiblemente reflejada en la defensa de su riqueza material (y tal vez simbólica) incluso en un momento especialmente favorable a la consolidación de desigualdades de clase. Varias de las piezas de los tesoros de Arrabalde aparecen marcadas, algo que se ha puesto en relación con posibles formas de propiedad. Se han podido identificar hasta siete marcas diferentes, una de ellas repetida en dos ejemplares, que van desde simples muescas a signos que requieren un punzón o estampilla fabricado expresamente para señalar la pieza. Se trata por tanto de marcas cuyo objetivo era distinguir unas piezas de otras, lo que indica que se individualizan los objetos. Y esta individualización se ha puesto en relación con la propiedad personal de un individuo, o grupo gentilicio o territorial (Perea y Rovira, 1995; Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 56). Parece aventurado afirmar que las piezas fueron marcadas en el momento de su ocultación. Pero la mezcla de marcas pudiera ser igualmente reflejo de la posible mezcla de comunidades que se produce en ese momento de crisis en Las Labradas. Otro tesoro que merece la pena destacar, porque puede resultar problemático para esta interpretación de lo castreño como formación social sin clases, son las diademas-cinturón de Moñes, Piloña, Asturias. En este caso estamos ante un conjunto sin contexto arqueológico claro, descubierto en el siglo pasado y desperdigado en fragmentos por varios museos debido a su paso por el mercado de antigüedades. Los trozos conservados corresponden a piezas laminares cuya principal peculiaridad es su decoración figurativa formando escenas, caso único en la orfebrería castreña. Los personajes representados y dispuestos en hilera son dos jinetes desnudos con los brazos levantados, armados, con penacho o tocado de cuernas, un personaje de pie armado y con tocado de cuernas, y un personaje de pie con un caldero en cada mano y tocado de cabeza de pájaro. Se sitúan en un medio acuático, definido por la presencia de peces, aves zancudas y tal vez una rana (Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 45-47) Estas escenas son encuadrables en un ambiente aristocrático heroico. De ahí su rápida interpretación dentro del esquema de la religiosidad céltica (Marco, 1994; Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 48-51). Esto supone aceptar una interpretación de las formaciones sociales castreñas muy distinta al modelo de sociedades agrarias sin clases, ya que una ideología heroica semejante sólo puede ser el resultado de la existencia de una auténtica "falsa conciencia" aristocrática, ya sea estatal o no Ahora bien, las piezas de Moñes son, por lo que se ha visto hasta aho­ra, la única prueba teóricamente esgrimible para suponer la existencia de una tal "identidad aristocrática" y, por lo tanto, de una auténtica desigualad de clases. Su localización asturiana obliga, sin embargo, a relacionarlas con uno de los territorios en los que el poblamiento castreño es más difícil de definir. Carecen, pues, de un contexto poblacional coherente con ese notable grado de individualización de unas supuestas clases dominantes. Además, la otra manifestación artística figurativa en el Noroeste, los guerreros galaicos, es datable únicamente en época romana. Por lo tanto y puesto que es el unicum lo que debe adaptarse a la globalidad y no ésta al unicum, me considero autorizada a dejar en suspenso la interpretación de las piezas de Moñes en espera de estudios monográficos que reafirmen su atribución al mundo castreño. Como conclusión, las producciones de oro prerromanas cobran su senti­do en el contexto de las comunidades agrarias segmentarias castreñas. Ese contexto social es el que explica tanto las formas de obtención del metal (bateo estacional de los placeres fluviales) como su producción, inserta en el contexto de las comunidades locales. No se trata, por lo tanto. del reflejo de la existencia de aristocracias locales que se identifican por medio de un material que, si por algo se caracteriza, es por su relativa accesibilidad en el contexto de la organización de la producción comunitaria. Esto no impide, sin embargo, pensar que la joyería se integra dentro de la dinámica conflictiva que sin duda caracteriza socialmente a la cultura castreña, aunque todo indica el dominio de ideologías "igualitarias", propias de formaciones socia­les en las que impera el peso de la comunidad como estructura de poder. (1) La discusión sobre la cuestión del carácter de las técnicas mineras romanas y la puesta en marcha de las explotaciones sobre yacimientos primarios y aluvionares puede verse en Sánchez-Palencia 1989; Sánchez-Palencia y Fernández-Posse 1998 y Domergue. 1990: 482-91. © Inés Sastre Prats

-


No hay imágenes relacionadas.

Comentarios

Tijera Pulsa este icono si opinas que la información está fuera de lugar, no tiene rigor o es de nulo interés.
Tu único clic no la borarrá, pero contribuirá a que la sabiduría del grupo pueda funcionar correctamente.


  1. #1 El Brujo Redivivo 07 de nov. 2006

    Brigantinus, lo que propone Crougin...eso para las tumbas de los castros es un típico razonamiento circular, imposible de someter a prueba o a refutación. Sólo queda una cuestión de fe: o se lo cree usted o no se lo cree, con los mismos argumentos para una que para otra: ninguno. Desde el punto de vista estrictamente etimológico es similar a si me dice que no hay restos de muertos porque los suben los extraterrestres en sus naves, las cuales, como los extraterrestres son unos tíos muy listos y con una tecnología avanzadísima casi tan avanzada como la de los antiquísimos egipcios que construyeron la esfinge), no dejan ninguna huella de su presencia, por joder. En lo material sí que hay serias diferencias, claro. La explicación de los ETs mete por medio figuras fantásticas, y la de los túmulos del hierro no. Es evidente que la segunda es materialmente plausible y la primera no. Pero el esquema es el mismo. La primera, aunque disimuladamente, también mete por medio un deus ex machina, en este caso unos presuntos túmulos que nadie ha visto y de los que nadie ha oído hablar; unos túmulos que fueron sistemáticamente "neutralizados" de forma que ni rastro queda hoy de su presencia. Imposible probarlo. Y, por la misma, imposible aceptarlo. Salvo desde la fe. ¿Podría haber habido túmulos en la Edad del Hierro? Según entiendo, y si se acepta la celticidad (no sólo de lengua) de los castrexos, no sólo podría sino que debería. La construcción de túmulos aparece normalmente como una de las características destacadas que señalan importantes celtistas europeos. No le puedo citar porque no tengo los libracos a mano. Pero, salvo error, es habitual. Supongo que es en eso en lo que se basa Crougin...eso para postular la existencia de esos túmulos en Galicia. La hipótesis me mola, siempre que se plantee como hipótesis con posibilidades de desarrollo. Y que se desarrolle, claro, que para parir ideas sólo hace falta imaginación. Para parir buenas ideas, además de imaginación, hace falta saber de lo que se habla. Pero el salto importante no es el de parir la idea, sino el de demostrarla o refutarla. Ahí está el verdadero trabajo, y ahí es a donde, por lo general, no llega la actividad de los prehistoriadores galaicos. Porque el problema está ahí, en esos pobladores que nos encontramos por doquier, que "vivían pero no morían", en célebre frase de Alonso del Real (otro que también es víctima de calumnias por parte de ciertos celtistas o pseudoceltistas -me refiero con esto último a Suso de Toro-), y con los que, me paece, no se sabe muy bien qué hacer. En cuanto a si el cinturón perteneció o no a un guerrero, ni idea. No veo por qué tiene que ser así, pero es posible que algo se me escape.

  2. Hay 1 comentarios.
    1

Si te registras como usuario, podrás añadir comentarios a este artículo.

Volver arriba