Autor: eyna
domingo, 06 de agosto de 2006
Sección: Tradiciones y Fiestas
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Tradiciones,Fiestas y vaquillas.

.

Fiesta: Día en que se celebra alguna solemnidad (?) nacional o civil. / Alegría (?), regocijo (?) dispuesto para que el pueblo se recree (!).

"bous capllacats" (toros atados para limitar sus movimientos) y "embolats" (toros con pitones rematados con bolas de fuego)
"Durant els dies que duren les festes es celebren diversos bous embolats, bous a plaça i al carrer i bous capllaçats."
"...la vaquilla corre por las calles delimitadas y embiste a los chicos del pueblo..."


Foto: JAUME SANJUAN
www.elperiodico.com

yo cada año me hago la misma pregunta...¿dónde está la gracia?
¿porqué no lo intentan con algo así,algo más... gra-na-di-to?



La oposición juvenil a la tauromaquia "es respetuosa" con los festejos populares




Diario Oficial de la Generalitat de Catalunya. Núm. 3926 - 16/07/2003 Departamento de la Presidencia
LEY 22/2003, de 4 de julio, de protección de los animales.
El Presidente de la Generalidad de Cataluña
Sea notorio a todos los ciudadanos que el Parlamento de Cataluña ha aprobado y yo, en nombre del Rey y de acuerdo con lo que establece el artículo 33.2 del Estatuto de autonomía de Cataluña, promulgo la siguiente
LEY ....

Artículo 6 Prohibición de peleas de animales y demás actividades 1. Se prohíbe el uso de animales en peleas y espectáculos u otras actividades, si pueden ocasionarles sufrimiento o pueden ser objeto de burlas o tratamientos antinaturales, o bien si pueden herir la sensibilidad de las personas que los contemplan...
2. Quedan excluidas de estas prohibiciones:
a) La fiesta de los toros en las localidades donde, a la fecha de entrada en vigor de la Ley 3/1988, de 4 de marzo, de protección de los animales, hubieran plazas construidas para su celebración, a las que debe prohibirse el acceso a las personas menores de catorce años.
b) Las fiestas con novillos sin muerte del animal ("correbous") en las fechas y localidades donde tradicionalmente se celebran. En estos casos, está prohibido inferir daños a los animales.
....

JUNIO-2006
Debat de totalitat sobre la proposició de llei de modificació de l’article 6 de la Llei 22/2003 de protecció dels animals, i el mateix debat..., presentades pels grups parlamentaris d’Esquerra Republicana i d’Iniciativa per Catalunya Verds - Esquerra Alternativa:


Por Iniciativa per Catalunya Verds - Esquerra Alternativa:


"...El segon article de la nostra Proposició de llei de modificació de la Llei anterior entenem que millora la redacció del punt de la Llei que parla de l’excepció dels correbous, perquè és una modificació que té per objectiu que quedi clar que només es permetran els correbous sense mort de l’animal i sense ús de sogues o torxes. És a dir, la nostra proposta és que només siguin permesos aquells correbous que consisteixen en deixar córrer els bous sense causar-los cap dany. Ara bé, el fet que en alguns indrets els bous capllaçats i els embolats tinguin un gran arrelament social ens fa plantejar una disposició addicional, que és el que els deia, dos articles i una disposició addicional, que diu que es podran permetre aquests tipus de celebracions en llocs on sigui tradició sempre i quan, i aquí és el que per nosaltres és important, sempre i quan es garanteixi, és a dir, es planifiqui la reducció progressiva del seu nombre fins a la seva supressió..."

************

"...Per què solament parlem d’aquests 6 (refiriendose a las corridas de toros) i no parlem de tot el demés? Per què descartem correbous? Que no hi ha patiment en els
correbous? Que no hi ha patiment? Clar que hi ha patiment!..."

Pregunta dirigida a Esquerra Republicana de Catalunya (que hacia excepción dels correbous) por parte del Grupo Parlamentario Socialistes-Ciutadans pel Canvi


http://www.parlament-cat.net/activitat/dspcp/transcripcions/12_Pdellei_proteccio_animals.pdf


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Comentarios

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  1. #201 kaerkes 13 de ago. 2006

    Para enmarcar un poco de que espectáculos estamos hablando ahí pego la Ley 10/1991 sobre espectáculos taurinos.
    ¿recordáis las "charlotadas taurinas " que muchos niños de mi generación nos hemos tenido que tragar como el colmo de lo chistoso y gracioso?. A mis 10 años, me parecían tétricas, inquietantes e inhumanas. Un espectáculo donde se denigraba al toro, al espectador y a los propios "bomberos toreros", entre las carcajadas generales.

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    La legislación vigente (Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos) no parece ser muy tajante a la hora de establecer las diferencias entre las diversas clases de festejos taurinos, ni tampoco en el afán de precisar la nomenclatura específica que debe aplicarse a cada una de las actividades lúdico-festivas que giran alrededor de algún individuo perteneciente a la raza bovina de lidia. Así, en su artículo 2 ("Clases de espectáculos taurinos") establece que "los espectáculos taurinos se clasifican en corridas de toros o de novillos, celebradas en plazas de toros permanentes o habilitadas temporalmente para ello, y en festejos taurinos realizados en tales plazas o en lugares de tránsito público" (apart. 1). Y más adelante, en su artículo 10 ("Otras corridas y fiestas taurinas"), añade que "reglamentariamente, se determinarán las condiciones en que hayan de celebrarse el toreo de rejones, los festivales taurinos con fines benéficos, las becerradas, el toreo cómico y demás espectáculos" (apart. 2), para referirse luego a "los encierros tradicionales de reses bravas, la suelta de reses para fomento y recreo de la afición y el toreo de vaquillas". De todo ello parece desprenderse que a la Ley le interesa, sobre todo, determinar cada clase de espectáculo taurino en función del lugar en donde se verifique, delegando en el Reglamento a la hora de fijar otros requisitos y criterios -tanto de índole técnica como de origen tradicional- que distingan entre sí a unos festejos de otros.

    Por su parte, el Reglamento vigente en la actualidad (4945 Real Decreto 145/1996, de 2 de febrero; por el que se modifica y da nueva redacción al Reglamento de Espectáculos Taurinos), de acuerdo con ese afán de precisión y exhaustividad que le exige su propia naturaleza, dedica un artículo entero a la clasificación de los distintos espectáculos taurinos que pueden celebrarse hoy en día:

    "TÍTULO IV:
    Disposiciones comunes a todos los espectáculos taurinos.

    CAPÍTULO I:
    De las clases de espectáculos taurinos y de los requisitos para su organización y celebración.

    Artículo 25. A los efectos de este Reglamento, los espectáculos y festejos taurinos se clasifican en:

    a) Corridas de toros [...].
    b) Novilladas con picadores [...].
    c) Novilladas sin picadores [...].
    d) Rejoneo [...].
    e) Becerradas [...].
    f) Festivales [...].
    g) Toreo cómico [...].
    h) Espectáculos o festejos populares [...]".

    Siguiendo, pues, las pautas marcadas por la actual reglamentación vigente, a continuación se ofrece un somero repaso de cada una de estas modalidades de espectáculos taurinos, no sin antes advertir que algunos de ellos -los que sobresalen por su frecuencia e importancia- tienen un tratamiento más exhaustivo dentro de su voz correspondiente. Además, se añadirá un último apartado, de extraordinario interés para el aficionado a los toros, que engloba aquellas actividades ganaderas que, por su brillantez, colorido y amenidad (y por la destreza que exigen y el riesgo que comportan) están próximas a la consideración de festejo o espectáculo.


    Las corridas de toros habituales.

    Son aquellos espectáculos taurinos en los que se lidian toros bravos cuya edad está comprendida entre los cuatro y los seis años de edad. La lidia corre a cargo de los profesionales taurinos que han tomado la alternativa, es decir, de aquellos matadores de toros que, tras haber intervenido en un mínimo de veinticinco novilladas picadas, han dejado de ser novilleros desde que se anunciaron en una corrida de toros en compañía de otros matadores ya consagrados.


    Corridas benéficas.

    Son aquellas corridas de toros organizadas con la finalidad expresa de recaudar fondos para alguna obra social. Se diferencian de los festivales en que los toros han de salir al ruedo con las defensas intactas, y los matadores han de hacer el paseíllo vestidos de luces; dicho de otro modo, las corridas benéficas deben desarrollarse siguiendo las normas que establece el Reglamento para cualquier otra corrida normal, sin gozar de las excepciones que afectan a los festivales.

    En algunas ciudades importantes, sobre todo en Madrid, la Corrida de Beneficencia constituye una cita anual de obligado cumplimiento, y goza de un prestigio social que para sí quisieran otras muchas convocatorias, de cualquier índole socio-cultural, que se anuncian amparadas en su supuesto carácter tradicional. Porque la tradición, en el caso de la Corrida de Beneficencia de Madrid, se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, cuando el propio Felipe II dispuso que se celebrase anualmente un espectáculo taurino cuyos beneficios habían de proveer las débiles arcas del Hospital General, ubicado entonces junto al Prado de San Jerónimo el Real. El Hospital General era una institución creada para auxiliar a aquellos enfermos cuya pobreza les había imposibilitado para recibir cualquier otro tratamiento médico, y sufragaba malamente sus gastos a partir de las donaciones y concesiones que recibía, o por medio de rentas especiales que le fueron asignadas por la Administración desde Felipe II hasta Carlos II, o, incluso, a través de los impuestos con que se gravaban algunos productos y espectáculos (como los toros y el teatro).

    Con la subida al trono de Felipe V, se reparó en que aquella vieja institución benéfica de los Austria subsistía en medio de una pobreza indecorosa, por lo que el nuevo monarca decretó, en 1743, que se construyera una plaza de madera junto a la Puerta de Alcalá, para que allí se verificasen espectáculos taurinos que pudieran engrosar las arcas del Hospital General. Poco tiempo después, en 1749, Fernando VI ordenó que dicha plaza de madera fuera demolida y sustituida, en el mismo emplazamiento que había ocupado, por otra de obra de fábrica, que fue inaugurada en 1754. Para entonces, ya se había dictado una Real Cédula que reconocía al Hospital General como único propietario de esta plaza, y le facultaba para gestionarla directamente o arrendando su administración a quien creyera oportuno. El 5 de noviembre de 1754, una Real Pragmática vino a corroborar todo cuanto disponía esta Cédula, por donde se echa de ver que la consolidación y reglamentación del toreo moderno (permanentemente ligadas, como es lógico, a la erección de plazas estables) tiene un origen benéfico, circunstancia que hoy en día ignoran u olvidan casi todas las voces antitaurinas.

    El alcance de esta Real Pragmática de Fernando VI queda de sobra demostrado cuando se repara en la dilatada vigencia que tuvo, renovada el 7 de mayo de 1928 por Alfonso XIII. No obstante, desde mediados del siglo XIX se había vuelto a notar que la explotación ordinaria de la plaza no era suficiente para atender todas las necesidades del Hospital General, por lo que, trayendo a la memoria la antigua disposición de Felipe II, se decidió convocar una corrida anual, de carácter extraordinario, cuyos beneficios irían destinados íntegramente a paliar el déficit de aquella benemérita institución sanitaria. Y así, en el año de 1856 se celebró en Madrid la primera Gran Corrida Extraordinaria de la Beneficencia, que desde entonces hasta la fecha (1998), sin cambiar de denominación, se ha venido repitiendo ininterrumpidamente.


    Corridas-concurso.

    Reciben este nombre aquellos espectáculos taurinos convocados para premiar la bravura de uno de los toros que participan en dichos festejos. Generalmente, en una corrida-concurso se lidian seis reses bravas, pertenecientes cada una de ellas a una ganadería distinta; de ahí que el orden de aparición de cada toro en el ruedo venga fijado por la antigüedad de las distintas divisas, sin necesidad de realizar un sorteo que determine el turno en que ha de ser lidiada cada res. Naturalmente, sale en primer lugar el toro perteneciente al hierro más antiguo. Si se inutiliza uno de los toros anunciados, deberá ser sustituido por otro marcado con la misma señal; si ello no es posible, el sobrero que lo reemplace seguirá ocupando el orden del desechado, pero no entrará en concurso.

    Habida cuenta de la importancia que cobra la suerte varas a la hora de probar la bravura de las reses, en una corrida-concurso se adoptan una serie de medidas encaminadas a que el primer tercio se desarrolle en toda su pureza. Así, se delimita con cal la zona diametralmente opuesta a los toriles o chiqueros, para que en ella sean picadas las reses, ya que el toro verdaderamente bravo se arranca hacia el caballo aunque éste se halle en el punto más alejado de la querencia natural de las reses, que es la de chiqueros. Asimismo, para optar al premio de bravura, el toro tendrá que haber acometido al caballo al menos en tres ocasiones; pero si su mucha bravura le sigue impulsando a embestir contra el equino, a partir del cuarto puyazo el picador deberá señalar su acción con unas puyas especiales (las de tienta), en previsión de que un castigo excesivo merme las fuerzas de la res y desluzca su juego en los restantes tercios de la lidia.

    El jurado encargado de determinar la bravura de cada toro y de conceder el premio al morlaco triunfador suele estar formado por aficionados y profesionales relacionados con el mundo del toro (toreros, veterinarios, periodistas), o por los propios mayorales de las ganaderías concurrentes. No obstante, la petición de indulto (si es que algún toro se hace merecedor de tal galardón) corresponde, como en cualquier otra corrida ordinaria, al público asistente, que habrá de manifestarla agitando sus pañuelos cuando el espada se disponga a ejecutar la suerte suprema. Será entonces el Presidente del festejo quien, en función del número de pañuelos, decida si se perdona o no la vida de la res.

    Históricamente, ha tenido un especial protagonismo la corrida-concurso que año tras año, desde el día 11 de septiembre de 1955, se celebra en la localidad gaditana de Jerez de la Frontera, a instancias de don Álvaro Domecq y don José Belmonte. En ella se da la particularidad de que es el ganadero quien, de acuerdo con la decisión del público congregado, solicita el indulto de su propio toro cuando estima que le puede servir para seguir padreando.


    Corridas goyescas.

    Son aquellas en las que los matadores de toros contratados para lidiarlas no visten el traje de luces característico de su oficio y rango, sino que lucen una indumentaria propia de los toreros retratados en los óleos y grabados de don Francisco de Goya y Lucientes. Además de los matadores de toros, en una corrida goyesca están obligados a vestirse a la usanza de dicha época todos los miembros de sus cuadrillas, el personal auxiliar de la plaza y, en general, cualquier persona que ha de aparecer en el ruedo (monosabios, areneros, mulilleros, chulos de toriles y de banderillas, etc.).

    El carácter goyesco de un festejo sólo afecta a la vestimenta de sus protagonistas, ya que la corrida se desarrolla siguiendo las pautas de cualquier otro espectáculo taurino ordinario, y ajustándose a las normas que para ellos establece la reglamentación vigente. A lo sumo, algunos toreros más motivados que otros intentan recuperar, en el transcurso de estos vistosos festejos, algunas suerte antiguas que han caído en desuso; así ocurrió, v. gr., en la corrida goyesca que toreó en solitario en Madrid, el día 2 de mayo de 1996, el espada José Miguel Arroyo Delgado ("Joselito"), en la que el banderillero Manuel Ignacio Ruiz recibió autorización para ejecutar el salto de la garrocha.

    La costumbre de celebrar corridas goyescas es relativamente nueva, ya que la primera de ellas, verificada en Ronda (Málaga), data de 1954. Se eligió como escenario este bello pueblo malacitano no sólo por su ilustre tradición taurina, sino también porque su actual plaza de toros, construida enteramente en piedra y madera, se remonta a 1785. Además de esta tradicional corrida rondeña, en el transcurso de cada temporada hay citas fijas con otras ilustres corridas goyescas, como las celebradas en septiembre en la plaza de toros de Aranjuez (donde también el pueblo suele acudir ataviado a la usanza del siglo XVIII), y en la plaza Monumental de Las Ventas, el día 2 de mayo, para festejar las fiestas de la Comunidad de Madrid. Hace unas décadas, gozó de gran renombre la que cada año organizaba el Círculo de Bellas Artes de la capital de España.


    Corridas landesas (o vasco-landesas).

    Son aquellas que se celebran desde tiempos remotos en la región francesa de Las Landas, con toros embolados como protagonistas, aunque también se recurre a vacas y a bueyes de menor bravura que el ganado de lidia. Los aficionados que actúan en ellas limitan sus intervenciones a quebrar la acometida del toro y, especialmente, a saltarlo de cabo a rabo. Al igual que sucede con los distintos pases del toreo normal, las diversas modalidades de salto que se dan en la corrida landesa están registradas por su propio nombre (a pies juntos, mortal, torinquete, etc.).


    Corridas mixtas.

    Son aquellas en las que interviene uno o más rejoneadores al lado de uno o más matadores de toros, o aquellas en las que se anuncian en los carteles toreros y novilleros, para lidiar, según corresponda a cada cual, toros y novillos. En las corridas mixtas de rejones, suelen anunciarse dos toreros de a pie y un caballero rejoneador, que está encargado de romper plaza, es decir, de intervenir en primer lugar.


    Corridas nocturnas.

    Como su propio nombre indica, son las que se celebran por la noche, merced a las instalaciones eléctricas de las plazas actuales. Entran en este apartado de corridas porque reciben dicho nombre genérico (corridas nocturnas), si bien este apelativo engloba cualquier suerte de espectáculo taurino que se verifica por la noche; de hecho, suele tratarse más bien de becerradas, toreo cómico o novilladas en las que se ofrece una oportunidad a los novilleros más noveles. Es raro que una corrida seria tenga lugar en horas nocturnas, ya que el aficionado taurino las prefiere vespertinas y, excepcionalmente, por la mañana.

    Lógicamente, no hubo corridas nocturnas hasta que no se introdujo en las plazas de toros la iluminación eléctrica. Según cuenta don José María de Cossío en su monumental obra Los Toros, las más antiguas de las que han quedado noticias se verificaron en Madrid, en el verano de 1879, durante el cual se anunciaron algunas en la placita llamada de los Campos Elíseos, bajo la luz de unos focos que, según los carteles de entonces, eran "tan potentes como los de la Puerta del Sol". Se trataba, desde luego, más bien de novilladas o becerradas; pero despertaron tanto interés en la afición que, en varias de ellas, fue necesario el concurso de la Guardia Civil , ante los desórdenes originados por el exceso de espectadores. Al margen de estos antecedentes, en Madrid la primera corrida nocturna seria no tuvo lugar hasta el 3 de julio de 1915, fecha en la que se ofreció un festejo de estas características en la plaza de la carretera de Aragón (ubicada donde hoy se levanta el Palacio de los Deportes).

    En la última década del siglo XX se ha recuperado en Madrid, en la plaza Monumental de Las Ventas, la vieja tradición de organizar algunas novilladas veraniegas nocturnas en las que se ofrece la oportunidad de presentarse ante la primera afición del mundo a los novilleros principiantes que, de otra forma, tendrían muchas dificultades para hacer el paseíllo en la Villa y Corte. Suelen programarse los sábados del mes de julio, a las diez de la noche.


    Corridas de plaza partida.

    Los intentos por dotar de amenidad a un espectáculo que aún no estaba reglamentado ni organizado dieron origen, en pleno siglo XVIII, al nacimiento de una tan vistosa como peregrina clase de corrida: la división de plaza o plaza partida. Para celebrar este tipo de festejos, se dividía el ruedo en dos mitades iguales, fijando una barrera diametral de madera que tenía la misma altura y el mismo color que la barrera ordinaria. El divertimento de la afición parecía incrementarse al contemplar dos lidias simultáneas, una en cada semicírculo de la plaza; porque, al margen de que el interés de cualquiera de ellas podía hacer olvidar el aburrimiento que, simultáneamente, estaba provocando la otra, lo cierto es que el público encontraba gracioso que un torero apurado por la embestida de un toro se viera obligado a saltar una barrera que, tal vez, ocultaba detrás otro peligro mayor. Además, la costumbre exigía que la lidia ejecutada en cada mitad de la plaza se desarrollase a la par que la efectuada en la parte contigua, con lo que se producían cambios de tercio inapropiados y ejecuciones de suertes que no se ajustaban a la lidia reclamada por las condiciones del astado. De ahí que esta clase de espectáculos taurinos, que estuvo en boga hasta bien entrado el siglo XIX, fuera considerada como divertimento del público desinformado, antes que corridas serias del gusto de los aficionados cabales (de hecho, más que corridas solían ser novilladas en la que se anunciaban maletillas de escaso o nulo renombre). Y se llegó, en un alarde de mal gusto taurino que venía a preludiar las posteriores charlotadas, a dividir una plaza en cuatro partes; ocurrió en 1810, en una corrida partida organizada por la Administración de José Bonaparte, en la que se lidiaron simultáneamente cuatro novillos.

    Estas funciones solían organizarse como colofón de una corrida seria, de donde nació otra diversión que era muy del agrado del público, consistente en aplaudir o censurar la rapidez o tardanza de los carpinteros a la hora de levantar la barrera divisoria. Con todo, el regocijo más celebrado se producía cuando un toro saltaba las tablas provisionales y venía a caer junto a la cuadrilla que estaba sólo atenta a la lidia de la res que le había tocado en suerte.

    Si había en la plaza una terna de toreros, el coletudo de mayor antigüedad e importancia (en términos de aquellos tiempos, el primer espada) se ocupaba de la lidia y muerte de los toros que salían en la parte seria del espectáculo (es decir, antes de haberse dividido la plaza). Posteriormente, se quedaba al cuidado de las cuadrillas que intervenían al mismo tiempo en cada mitad del redondel, y actuaba allí donde estimaba que era más necesario su concurso. Respecto a los espadas restantes, cabe señalar que incluso en este tipo de festejos (más próximos al toreo bufo que a la seriedad de una corrida de toros) se seguía observando el respeto por las jerarquías, por lo que el matador más antiguo toreaba en la mitad del ruedo que recibía el beneficio de la sombra, mientras que el tercero en discordia lanceaba bajo los rayos del sol.


    Corrida de la Prensa.

    Viene a este artículo, con apartado propio, porque en muchas ciudades se ha convertido en una cita anual de tanta tradición como la procesión del Corpus o las uvas de Nochevieja. Se trata de una corrida de toros extraordinaria, dentro de la temporada taurina de cada plaza, que se desarrolla sujeta a las mismas disposiciones reglamentarias que rigen para cualquier otro festejo; sin embargo, su organización (ajuste de toros, contratación de toreros, publicidad, etc.) queda en manos de la Asociación de la Prensa local, que a la postre recoge las ganancias generadas por el festejo y las dedica a su obra benéfica.

    Entre todas las corridas de la Prensa que se convocan anualmente en el planeta de los toros, sobresale por su antigüedad, implantación e importancia la que viene celebrándose en Madrid desde el año de 1900, primero en la vieja plaza de la carretera de Aragón (hasta 1934) y después en la Monumental de Las Ventas. Constituyeron una excepción las de las temporadas de 1908, 1909 y 1910, que tuvieron lugar en la plaza de Vista Alegre, y la de 1963, que fue una novillada celebrada en la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes. En 1937, en plena Guerra Civil, no hubo corrida de la Prensa en Madrid; sin embargo, en 1938, para recuperar la perdida y mantener viva la tradición, los periodistas madrileños convocaron dos, una en Burgos y otra en Zaragoza.

    En la primera corrida de la Prensa que se organizó, celebrada en Madrid el día 20 de junio del referido año, hicieron el paseíllo los espadas Luis Mazzantini y Eguía, Antonio Fuentes y Zurita, Emilio Torres Reina ("Bomba") y José García Rodríguez ("El Algabeño"), quienes dieron cuenta de un encierro perteneciente a la vacada del marqués de Saltillo.

    Aunque no tiene una fecha fija de celebración, hasta hace unos años solía verificarse a los pocos días de que concluyera la Feria de San Isidro, para incluir en sus carteles a los triunfadores del ciclo isidril, como ocurre con la corrida de Beneficencia. Actualmente (1998), se suele programar en medio de las corridas anunciadas para dicha feria, pero excluida de las entradas a que da derecho el abono.


    Corridas de prueba.

    Cuando, a partir de 1814, se extendió la costumbre de reducir la duración de las corridas de toros, que hasta entonces duraban un día entero, a medias corridas (véase, más abajo, el apartado dedicado a este tipo de función taurina), quedó entre los aficionados el deseo de rellenar de alguna manera el tiempo que, por la mañana, acostumbraban a dedicar a los toros. De ahí que se optara, en los pueblos y capitales de menor relieve taurino, por dar suelta durante la mañana a las reses que, por la tarde, habían de ser despachadas en aquella misma plaza, para que, so pretexto de probar sus condiciones, el entretenimiento taurino matinal quedase también garantizado.

    En Madrid, Sevilla y otras plazas de primera categoría se intentó también rellenar este vacío matutino con la programación de corridas de prueba, pero evitando siempre que los toros cuya lidia estuviera prevista por la tarde fueran probados (es decir, toreados y enseñados) por la mañana. Para ello, se tomó por costumbre que el ganadero cuyas reses estaban anunciadas en una corrida vespertina llevara a la plaza, en la mañana de aquel mismo día, otros toros suyos que bien podían anticipar algunas de las condiciones de sus hermanos de vacada. Así nacieron las corridas de prueba, de las que ya sólo quedan lejanos residuos en algunos pueblos castellanos y navarros, en los que la suelta o desencajonamiento de las reses que van a ser lidiadas por la tarde se efectúa por la mañana en la misma plaza, para que la afición examine a priori las condiciones del ganado. Y una vez que el ganado ha sido desencajonado en plena plaza, nunca falta un aficionado práctico que se aventura a hacer algún recorte o a pegar algún mantazo.


    Corridas-toradas.

    Las celebradas en Portugal (torada es lusismo por 'corrida') o al estilo portugués, es decir, sin dar muerte a los toros en la plaza, al acabar la lidia. También se aplica en algunos lugares a las corridas de rejones, por la gran afición del pueblo lusitano al toreo ecuestre.





    Medias corridas.

    Desde el segundo tercio del siglo XVIII, tanto en la plaza de Sevilla como en la de Madrid (es decir, en las dos "cámaras" donde se fueron "redactando" las leyes del toreo moderno) se venían celebrando corridas de toros que duraban un día entero. En la capital andaluza, menos exigente con la pureza de las suertes y con la obligada ejecución de cada una de ellas, se lidiaban y mataban en cada festejo más de veinte toros bravos, a razón de diez por la mañana y otros diez -o alguno más- por la tarde; en Madrid, donde la lidia era más compleja, se despachaba, por norma general, un máximo de dieciocho reses, cifra que poco a poco se fue reduciendo a doce, a razón de seis matutinas y seis vespertinas. En el resto de las plazas españolas, dotadas de menos recursos, sólo había toros por las tardes.

    A partir de 1814, tanto en Madrid como en Sevilla se empezó a suprimir la parte matinal del festejo, dejándolo reducido a una función vespertina que recibió el nombre de media corrida. Se trata del origen remoto, claro está, de la corrida de toros actual, y de otra clase de espectáculo taurino que, aunque hoy ya ha desaparecido, tuvo mucha aceptación entre los aficionados de la primera mitad del siglo XIX: la corrida de prueba (acerca de ella, véase una información más detallada en este mismo artículo, en su lugar alfabético correspondiente).


    Novilladas.

    Hasta finales del siglo XIX, con el nombre común de novillada se aludía a cualquier espectáculo taurino celebrado en las plazas públicas de cualquier pueblo o ciudad pequeña; es decir, que la voz venía a ser sinónimo de 'festejo menor' o 'corrida menos importante que las celebradas en plazas de primera categoría'. Pero a partir de 1880 se empezaron a celebrar espectáculos taurinos en los que las reses anunciadas, aunque aún no hubieran alcanzado los cuatro años de edad, eran lidiadas exactamente igual que en una corrida de toros. De aquellos espectáculos proceden, por línea directa, las novilladas actuales, que cumplen la función de facilitar el aprendizaje práctico de los que empiezan a abrirse un hueco en la dura senda del toreo profesional.

    Aunque el requisito principal, común a ambas, es la exigencia de que las reses lidiadas sean menores de cuatro años, el Reglamento actual hace una distinción explícita entre novilladas picadas y novilladas sin picadores.


    Novilladas con picadores o novilladas picadas.

    Son aquellos espectáculos taurinos en los que se lidian y matan reses bravas cuya edad pasa de los tres años pero no alcanza los cuatro. Como excepción, la actual reglamentación vigente permite lidiar reses de edad superior cuando se trate de desechos de tienta, es decir, de individuos de la raza bovina de lidia que, en su día, no fueron seleccionados para ser lidiados en corridas de toros porque presentaban malformaciones en su cornamenta (mogones, hormigones, etc.); en tales casos, en los que suele salir de chiqueros lo que en la jerga taurina se conoce como novillo-toro, es obligado anunciar en los carteles que el ganado procede del desecho de tienta. En las plazas de toros de primera categoría, el peso de los novillos no podrá sobrepasar los 540 kilos; en las de segunda categoría, los 515; y en las de tercera y portátiles, los 270 en canal.

    Según dispone el Reglamento, las novilladas con picadores han de verificarse siguiendo las mismas normas que regulan la corrida de toros, con la única salvedad de que los profesionales taurinos que intervienen en ellas, por un lado, no pueden haber tomado la alternativa, y, por otra parte, han de haber acreditado su participación en al menos diez novilladas sin picadores.


    Novilladas sin picadores.

    Son aquellos espectáculos taurinos en los que se lidian y matan reses bravas que han cumplido los dos años de edad y no han sobrepasado los tres. Como su propio nombre indica, la principal característica de estos festejos estriba en que se verifican sin el concurso de los varilargueros, es decir, que en ellos no se pica a los novillos lidiados. Los oficiantes en estos espectáculos han de cumplir, al menos, uno de los siguientes requisitos:

    a) Haber sido alumno de una escuela de tauromaquia durante un plazo de tiempo equivalente o superior a un año.

    b) Haber sido presentado por alguna asociación de profesionales taurinos legalmente constituida.

    c) Haber sido presentado por algún profesional del toreo o por algún ganadero oficialmente inscritos en los Registros legales de sus respectivas profesiones, los cuales podrán dar fe de la preparación y conocimientos que facultan al candidato para intervenir en este tipo de novilladas.

    Es importante reseñar, que, habida cuenta de su finalidad específica (son ejercicios de aprendizaje), en las novilladas sin picadores está permitido que las reses salgan al ruedo con las astas manipuladas.

    Corridas de Rejones.

    Son aquéllos espectáculos taurinos en los que la lidia de reses bravas (que pueden ser toros o novillos) ha de efectuarse a caballo, siguiendo las normas que, según los usos tradicionales, prescribe el actual Reglamento. Los caballeros rejoneadores anunciados para lidiar y matar toros bravos tendrán que haber recibido la alternativa de manos de otro rejoneador ya consagrado; para acceder a este derecho, deberán haber intervenido, al menos, en veinte festejos de rejones en los que se hayan lidiado novillos. Por su parte, los rejoneadores noveles, para anunciarse en novilladas de rejones, habrán de cumplir al menos uno de los tres requisitos que se exige a los novilleros de a pie para participar en novilladas sin picadores.

    La reglamentación vigente permite el afeitado de las astas de los toros bravos anunciados en un espectáculo del noble Arte del Rejoneo. Sin embargo, esta manipulación de las defensas no es obligatoria, por lo que cualquier rejoneador puede exigir que sus enemigos salgan al ruedo "en puntas", como se dice en la jerga taurina para aludir a las reses cuya cornamenta no ha sido alterada. Por desgracia para los buenos aficionados (que siempre desean contemplar el toro íntegro), los rejoneadores de hogaño no suelen exigir este derecho.

    Los caballeros rejoneadores pueden hacerse acompañar de dos subalternos de a pie, encargados de auxiliarle, si fuera necesario, con la mera ayuda de un capote. Pero la lidia y muerte del morlaco deben darlas desde su silla de montar, sin permitir que sus peones se excedan en su cometido. El reglamento estipula también el número de rejones y farpas (es decir, banderillas) que pueden clavar a la res (no más de tres, en cada caso), y permite que echen pie a tierra, a la hora de ejecutar la suerte suprema, si se ven incapaces de despenar al toro desde su montura (para ello, deberán haber consumado, al menos, dos intentos de clavar el rejón de muerte).

    Aunque también pueden participar en corridas mixtas (véase, más arriba, el apartado dedicado a ellas), lo más habitual es que los caballeros rejoneadores se anuncien en festejos en los que sólo se ejercita el noble Arte del Rejoneo. Habitualmente, se trata de carteles compuestos por cuatro rejoneadores, que se distribuyen la lidia y muerte de seis toros -o novillos- de la siguiente manera: empezando por el de caballero de mayor antigüedad, cada uno de ellos lidia y mata en solitario a un toro; los dos restantes son lidiados por colleras (es decir, en parejas), de manera tal que el quinto toro se enfrenta en la plaza con dos jinetes, y el sexto se las ve con la pareja restante.

    Cada rejoneador ha de acudir a la plaza en la que está anunciada su actuación acompañado de un número de caballos superior en uno al número de reses que debe lidiar (aunque puede llevar más, si lo desea). Cada equino está especializado en una faceta de la lidia ecuestre, por lo que es habitual que los jinetes cambien varias veces de montura en el transcurso de la lidia de un mismo toro, en función de las suertes que corresponda ejecutar.


    Becerradas.

    Son aquellos espectáculos taurinos en los que se lidian machos de la raza bovina de lidia que no han alcanzado aún los dos años de edad (es importante que sean machos, porque las funciones taurinas que giran alrededor de vacas bravas entran en el último apartado de esta clasificación, el relativo a los festejos populares). La reglamentación vigente permite que en las becerradas intervengan, indistintamente, profesionales del toreo y simples aficionados al Arte de Cúchares, pero exige, en cambio, que siempre se halle presente, en calidad de director de lidia, un matador de toros que haya tomado la alternativa, un novillero que haya toreado novilladas con picadores, o un banderillero que haya actuado, al menos, en veinte novilladas picadas.

    Cuando las astas de las reses anunciadas en una becerrada "impliquen grave riesgo" (según una imprecisa disposición del Reglamento vigente), podrán ser manipuladas o emboladas. Por lo general, las becerradas suelen organizarse con uno de estos tres fines concretos: para dar la oportunidad de torear a los aficionados que deseen intervenir en ellas, para facilitar el aprendizaje y entrenamiento de las jóvenes promesas del toreo (sobre todo, en las escuelas de tauromaquia), o para que la intervención de renombrados profesionales del toreo dé lugar a una cuantiosa recaudación destinada a obras benéficas.

    Antiguamente, era frecuente la organización de becerradas por parte de un gremio de trabajadores, funciones en las que sólo podían saltar al ruedo los profesionales adscritos a dicho gremio; asimismo, en la segunda mitad de siglo XIX y a comienzos del XX tuvieron una notabilísima aceptación las becerradas convocadas para anunciar en sus carteles cuadrillas de niños toreros.


    Festivales.

    Son aquellos espectáculos taurinos benéficos en los que se lidian reses despuntadas, es decir, toros o novillos cuyos pitones han sido manipulados para que resulten menos peligrosos. Estos festejos, que han de tener siempre una finalidad benéfica (generalmente, se organizan para socorrer a una institución o un torero necesitados, o a la familia de un coletudo malogrado), han de ceñirse a lo legislado para cualquier otro espectáculo taurino en el que se lidien reses de la misma edad que las anunciadas en cada uno ellos.

    En un mismo festival se pueden anunciar reses bravas de cualquier edad (siempre que sean machos), ya que el cartel puede estar compuesto por matadores de toros, novilleros y becerristas. La cuadrilla de cada profesional taurino que se brinde a participar en un festival deberá constar de un número de banderilleros superior en una unidad a la cantidad de reses que ha de lidiar el susodicho profesional; asimismo, en el caso de que sea un festejo picado, habrá de incluir un varilarguero por cada res que tenga que despachar.

    Como característica externa, los festivales presentan la particularidad de que los profesionales taurinos que intervienen en ellos (así como los miembros de sus cuadrillas) no pueden vestir el habitual traje de luces, sino que están obligados a exhibir indumentaria campera (es decir, el traje corto que suelen usar los criadores de reses bravas).

    Dada la finalidad benéfica que da carta de naturaleza a un festival, se exige a sus organizadores que, a la hora de solicitar el permiso necesario para su convocatoria, aporten un detallado avance de los gastos previstos; posteriormente, y sin rebasar el plazo de las cuarenta y ocho horas siguientes a la finalización del festejo, es obligado que presenten ante el Gobierno Civil correspondiente los justificantes de los beneficios entregados a sus destinatarios.


    Toreo cómico.

    Forman parte del llamado toreo cómico (o bufo) aquellos espectáculos taurinos en los que se efectúa una parodia o pantomima del Arte de Cúchares y sus distintas modalidades, desde la corrida de toros hasta el toreo ecuestre. La reglamentación actual exige que las reses lidiadas en espectáculos cómico-taurinos no sobrepasen nunca los dos años de edad; además, prohíbe expresa y tajantemente no sólo que se les mate en la plaza, sino también que se les inflija "daños cruentos". Debido a ello, está también prohibida la inclusión del toreo bufo en aquellos carteles en los que se anuncie, conjuntamente, algún otro espectáculo taurino que implique la muerte de las reses lidiadas.

    Aunque el toreo cómico es tan antiguo como el sentido del humor y la capacidad satírica del género humano, el espectáculo bufo por excelencia, conocido como charlotada, nació a comienzos del siglo XX, cuando el empresario Eduardo Pagés tuvo la ocurrencia de anunciar la intervención de "Charlot" en un festival benéfico. Corría, a la sazón, el año de 1916, fecha en la que el famoso director y actor londinense Charles Chaplin había hecho universalmente famoso su genial personaje; así que el joven novillero catalán Carmelo Tusquellas Forcén apareció en el ruedo ataviado a la manera de "Charlot" (procurando, además, remedar sus movimientos y expresiones), para intentar atraer de esta manera no sólo a los aficionados al Arte de Cúchares, sino a cuantas personas se habían familiarizado con la creación de aquel célebre cineasta. El éxito fue inmediato, por lo que enseguida reapareció "Charlot" acompañado de una esperpéntica cuadrilla, "Charlot, Chispa y su Botones", que muy pronto daría paso a la definitiva formación de "Charlot, Llapisera y su Botones". La irrupción de Rafael Dutrús Zamora ("Llapisera") consolidó firmemente el subgénero cómico de la charlotada, hasta el punto de que este nombre sirve desde entonces para designar cualquier espectáculo donde se ofrecen muestras de toreo cómico.

    Unos años después, el cántabro Pablo Celis Cuevas creó otro personaje de imborrable recuerdo en la historia del toreo bufo, "El Bombero torero", dentro de cuya piel protagonizó un espectáculo que extendió su enorme éxito por toda España y por varios países hispanoamericanos. La posterior contratación de enanos, muy aplaudidos tanto por su gracia como por su valor, vino a conformar una representación tragicómica, a caballo entre la grandeza y lo grotesco, más propia de la Corte de los Austria que de la sensibilidad y la estética de este fin de milenio.


    Festejos populares.

    Son aquellos espectáculos en los que se juegan o corren reses bovinas de lidia según los usos tradicionales del lugar en que se verifican. La reglamentación vigente es muy rigurosa a la hora de fijar los requisitos necesarios para que los festejos de esta índole puedan celebrarse en la actualidad, en previsión de los desmanes que antaño se cometían contra las reses corridas, y de los graves riesgos que amenazaban a los aficionados participantes en ellos.

    Así, es imprescindible presentar una solicitud de autorización ante el Gobierno Civil correspondiente, acompañada de la siguiente documentación:

    a) Una memoria que acredite el carácter tradicional del festejo que se quiere organizar, con un informe favorable del Ayuntamiento del lugar en donde ha de verificarse.

    b) Un certificado que garantice la seguridad y solidez de las instalaciones (plazas portátiles, vallado de los encierros, etc.), firmado por un arquitecto o un aparejador.

    c) Un certificado que garantice la disponibilidad y preparación del equipo médico y las instalaciones sanitarias. El Reglamento exige que, una hora antes del comienzo del festejo, el jefe del equipo médico compruebe la presencia del resto del personal sanitario y de "una ambulancia equipada con los elementos precisos para el traslado de heridos o accidentados". Si faltare en el lugar del festejo el médico o la ambulancia, la Autoridad debe impedir su celebración.

    d) Certificaciones del Libro Genealógico de la Raza Bovina de Lidia, en las que se acredita la filiación de las reses que han de ser lidiadas o corridas.

    e) Una "póliza de seguro colectivo por la cuantía suficiente para cubrir cualquier riesgo o accidente que con motivo del festejo pudiera producirse" (art. 91.1).

    f) La contratación de un profesional taurino que actúe en calidad de director de lidia. Debe tratarse de un torero que haya tomado la alternativa, un novillero que haya intervenido en novilladas con picadores, o un banderillero que puede acreditar su participación en al menos veinte novilladas picadas. Este director de lidia deberá estar auxiliado por un mínimo de "tres colaboradores voluntarios capacitados, debidamente acreditados" (art. 91.4), cuyo número se eleva a un mínimo de diez si el festejo popular consiste en un encierro.

    Asimismo, la reglamentación regula las funciones del Ayuntamiento y sus agentes municipales, encargados de velar en todo momento por el orden, de examinar el óptimo acondicionamiento de las vías urbanas por las que ha de transcurrir el festejo, y de impedir el maltrato injustificado de las reses; además, regula las funciones de un servicio de veterinarios, que ha de reconocer el estado sanitario de las reses, comprobar la veracidad de sus certificados, y acreditar que el ganado cumple los requisitos exigidos en la categoría del festejo anunciado; por último, la legislación también dispone que las reses jugadas o corridas sean sacrificadas al finalizar el espectáculo, fuera de la vista del público.

    Entre los festejos populares más sobresalientes en la actualidad, conviene destacar la enorme relevancia que siguen teniendo las capeas y los encierros, espectáculos que en casi todas las localidades donde se celebran tradicionalmente constituyen el "plato fuerte" del programa de fiestas.


    Capeas.

    Son aquellos festejos populares organizados para el toreo de los aficionados de un lugar, en los que se utiliza todo tipo de individuos pertenecientes a la raza bovina de lidia, sean machos o hembras, desde vaquillas que apenas lucen cornamenta (destinadas al divertimento y la ejercitación de niños y mujeres), hasta toros de avanzada edad, excesiva romana y aparatosa cornamenta. En algunos lugares, el desarrollo del festejo se conduce de forma anárquica y desordenada, manifiesta desde la conducción y suelta de las reses hasta el momento de su sacrificio; pero, en la mayor parte de las localidades, cada capea se sujeta a unas reglas no escritas que se han ido fijando a través de un proceso de tradición secular, "reglamento" que, en cada pueblo o ciudad, puede llegar a ser más riguroso (y, sin duda, más respetado) que el promulgado por la Administración Pública. Así , se han ido configurando diversas modalidades de juegos taurinos para aficionados (el toro de fuego, el toro del aguardiente, el toro embolado, el toro enmaromado, etc.) que convierten la capea en una de las manifestaciones antropológicas de mayor estima.

    Encierros.

    Son aquellos festejos taurinos populares consistentes en la conducción de reses bravas desde las dehesas o corrales situados en las afueras de una población, hasta la plaza en la que han de ser lidiadas y estoqueadas. Naturalmente, lo que hoy es un mero entretenimiento (aunque, tal vez, el que mayores riesgos entraña para el aficionado) obedecía, antaño, a una necesidad, ya que no resultaba sencillo encerrar a los toros en los corrales de las plazas. Con la ayuda de paradas de cabestros, o en carretas habilitadas para tal fin, se podía conducir a los toros apartados para una corrida desde su ganadería hasta las puertas del lugar; pero, una vez allí, había que dejarlos en corrales o dehesas vecinas, despejar y vallar las calles por donde habían de pasar para llegar a la plaza, y conducirlos para que no se dispersaran o extraviaran por el resto de las calles de la localidad, evitando siempre, en la medida de lo posible, el servirse de algún engaño que pudiera avisar a los toros y dejarlos ya toreados para la corrida. Los mayorales y pastores que habían traído el conjunto de reses desde la ganadería se encargaban de citar a cuerpo limpio a las reses, ejercicio con el que pronto llegaron a familiarizarse los mozos del lugar. Este fue el origen de los encierros actuales, que hoy en día constituyen una de las tradiciones más ricas de los pueblos y ciudades que aún los conservan; y hasta tal punto está arraigada esta costumbre, que en no pocos lugares el intento de abolirla por parte de las autoridades civiles ha dado pie a auténticas rebeliones de la población.


    Actividades ganaderas contempladas como espectáculos taurinos.

    Aunque no se convocan ni realizan con una finalidad lúdica que las incluya dentro de los espectáculos taurinos propiamente dichos, hay una serie de actividades ganaderas cuya vistosidad y emoción (unidas a la destreza que exigen a sus oficiantes) atraen la atención de los buenos aficionados, que acuden a contemplarlas como si de un festejo taurino se tratase.


    Tienta.

    Se llama así al conjunto de pruebas que se realizan en las ganaderías para conocer la bravura de las reses más jóvenes, con el fin de seleccionar aquellas que, desde muy temprana edad, muestran condiciones idóneas para la mejora de la vacada. Se trata de una práctica que surge en el siglo XVIII, motivada por los afanes de selección que gobernaron el buen hacer de los primeros criadores profesionales de ganado bravo.

    En función del sexo de las reses, se realizan tientas de hembras y, por separado, tientas de machos; y según el lugar en donde se verifican estas prácticas ganaderas, puede hablarse de tienta en plaza (o corral) y de tienta a campo abierto. Dentro de esta última modalidad se da cabida a otra faena ganadera que, en sí misma, constituye un bello espectáculo: el acoso y derribo.


    Acoso y derribo.

    Se denomina así la faena ganadera consistente en perseguir a una res brava en campo abierto y a caballo (generalmente, por parte de dos jinetes), hasta lograr que se canse y se detenga (o disminuya la velocidad de su huida). En ese momento, y empujando a la res con una garrocha (aunque hay valientes que lo hacen a fuerza de brazos), se procura derribar al astado, para que inmediatamente un picador, colocado contra querencia (es decir, fuera de aquellos terrenos donde se encuentra más cómodo y seguro el ganado), pueda tentar a la res en cuanto ésta haya vuelto a incorporarse. Es decir, que el acoso y derribo nació como un paso previo indispensable para tentar a campo abierto a las reses de una ganadería.

    En la actualidad, el acoso y derribo no sólo se concibe como una práctica campera específica de mayorales y vaqueros, sino que ha dado lugar a una especie de competición deportiva que, desprovista ya de la finalidad de la tienta, se justifica en sí misma por el número de caídas en que se hace incurrir a las reses.

    Embarque.

    Dentro del embarque de las reses, hay que considerar todo un costoso proceso ganadero que empieza por apartar, dentro de dehesa en que se hallan, los toros que deben ser trasladados (generalmente, con el fin de conducirlos a las plazas donde se van a lidiar); sigue por encerrarlos en los corrales que desembocan directamente en el muelle donde se han adosado los camiones que realizarán el traslado; y acaba con el encierro efectivo de las reses dentro de dichos cajones. A la hora de negarse a entrar en los corrales o en los cajones, la tozudez de algunos astados pone a prueba las mayores habilidades del personal que trabaja en las ganaderías, por lo que el embarque siempre constituye una exhibición de conocimientos taurinos (en este caso, camperos) digna de ser contemplada


  2. #202 MARCOVITO 15 de ago. 2006

    Kaerkes, estoy sorprendido, pues supongo que lo de encendido va por mí, si no espero que me lo expliques, pues mi intervención no ha podido ser más relajada, a lo mejor iba por Habis, lo que también me llama la atención pues tampoco la veía en absoluto ofensiva. En fin, puntos de vista.Por cierto dices que respetas a quien le guste la fiesta de los toros, sin embargo me ha parecido que llamas Gilipollas, a quein paga una entrada, no veo el respeto por ningún lado. Sinceramente a mí me parece que intentar convencer a alguien que no le gustan los toros, de que le gusten, es tan difícil como intentar convencer de lo contrario. Por último, y si de algo sirve mi opinión, a mi no me gustan los encierros de vaquillas, los toros emboladaos, los toros de fuego, etc, sólo suelen servir para que salgan en videos de primera, y para que los animales sufran más de la cuenta. Saludos.

  3. #203 Ego 17 de ago. 2006

    Juer, todos los taurinos están cortados por el mismo rasero.
    Al enemigo, ni agua...

    Salud.

  4. #204 kaerkes 17 de ago. 2006

    A ver Marcovito, que la ola de calor ya ha remitido....sólo hay que leer un poco detenidamente:

    Cuando digo (a Habis) que no es único gilipollas que ha pagado por presenciar una corrida de toros, seguidamente comento que yo he asistido por lo menos a 40...con lo cual queda claro que el gilipollas a quien me refiero soy YO MISMO.

    Razones varias y puntos de vista se han dado en este foro. Lees y lo verás. Luego, te quedas con lo que te guste.
    Por supuesto que yo no trato de convencer a nadie de que le dejen de gustar las corridas de toritos o que le empiecen a gustar los encierros. pero que no me traten de engañar a mí, diciendo que si los descendientes del Uro tal , o que si la tradición pascual.

    A mí si me gusta urgarme la nariz con los dedos enjabonados (tenía otro ejemplo en la mente pero me he cortado), me gusta y punto, no tengo porque decirte ni que es muy sano ni que es una tradición celta milenaria.

    Au.

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